domingo, 1 de agosto de 2010

Actividad volcánica del Misti durante el periodo colonial arequipeño

Estando los españoles en suelo del nuevo mundo, los volcanes fueron objeto de admiración, por su imponente altura y otros por sus erupciones; son objeto de descripción los volcanes de México y Centroamérica por parte del cronista José de Acosta, quien escribe que la actividad volcánica se produce “...porque la exhalaciones cálidas que se engendran en las íntimas concavidades de la tierra parece que son la principal materia del fuego de los volcanes, con las cuales se encienden también otra materia más gruesa y hace aquellas apariencias de humos y llamas que salen”. (Acosta 1954 [1590]: 86).
Para los españoles del siglo XVI la zona volcánica por excelencia era el Mediterráneo Central. Los dos aparatos eruptivos que desde la antigüedad clásica, y en esta parte del mundo cristiano representan los arquetipos del fenómeno vulcanológico, sin duda alguna fueron el Etna y el Vesubio (Bouysse 1988: 135).
Los comportamientos ante la actividad volcánica, en el mundo cristiano, estaban asociados a acudir a los santos a sus representaciones y a sus reliquias. Así, durante siglos, las poblaciones que vivían a las faldas del Etna aceptaron la violencia del volcán como un signo del destino, que sólo una intervención divina podía modificar (Ibid.).
La asociación del fuego con el volcán, hizo concebir a los religiosos del periodo colonial a los cráteres de los volcanes como bocas del infierno, incluso siglos antes, se tenía dicha concepción; al respecto en el siglo IV San Panciano en su Exhortación a la penitencia escribe: “Si retrocedeís ante el tormento de la penitencia, acordaos del fuego del infierno, que la penitencia extinguirá para vosotros. De la violencia de este fuego podeís juzgar ya actualmente por los respiraderos humeantes del mismo que, con sus llamas subterráneas, calcinan las montañas más elevadas. El Etna en Sicilia y el Vesubio en Campania vomitan incansablemente globos de llamas; y, para demostrarnos la eternidad del juicio, se agrietan, se consumen, pero sin llegar a destruirse a través de los siglos” (Riu 1959: 39). La erupción volcánica, era considerado como un castigo divino por los pecados de la población que vivía a las faldas de del volcán.
Considerado como una de las erupciones más significativas en la historia , el 24 de agosto del año 79, el lapilli y cenizas del Vesubio sepultan Pompeya, al respecto Plinio el Joven escribe en sus cartas dirigidas a Tácito, la erupción del Vesubio: “... Ya había empezado a caer ceniza, pero aún no era muy densa. Me volví: una espesa niebla semejante a un torrente furioso avanzada hacia nosotros. De pronto cayó la noche negra como tinta, como el interior de una tumba. Se oían los gemidos de las mujeres, el llanto de los niños, el clamoreo de los hombres. Unos llamaban a sus parientes, otros a sus hijos o cónyuges, mientras intentaban reconocer sus voces. Algunos lloraban por su suerte, otros por la de sus deudos. Había incluso quienes invocaban a la muerte, tan grande era su miedo a morir. Eran muchos los que imploraban a los dioses, y esa noche era la última del mundo...” (Chávez 1993: 27).
Hacia febrero de 1600 hizo erupción del volcán Huaynaputina (la más grande ocurrida en los Andes Centrales desde el siglo XVI hasta nuestros días), para entonces se concebía que la causa de la erupción era el pecado (Bouysse 1988: 161); esto obedecía a la representación mental que se tenia hacia el volcán, que era un medio por el cual el Dios cristiano, “... que tenía el atributo de hacer tronar en las nubes, producir relámpagos y rayos, causaba temblores...”, castigaba a los hombres por sus pecados (Ibid. Pág. 160). Ante la erupción del volcán San Salvador, ubicado en la América Central, en 1658; los documentos informan que: “... los moradores de la ciudad, ansi religiosos como vecinos [salían] por las calles dando gritos y voces pidiendo a Dios misericordia y confesándose a gritos en la plaza pública...” (Peraldo y Mora 1995: 108).
Durante el periodo colonial el volcán Misti, no hizo erupción alguna, solamente presentó actividad fumarólica, entendiendo que la palabra fumarola designa a un conjunto de emanaciones y fuentes de gases caracterizados por anhídrido sulfurosos, ácido sulfhídrico, clorhídrico y anhídrido carbónico, en las cuales por lo general predomina grandemente el vapor de agua (Harrington 1948: 44).
El 2 de mayo de 1677, el volcán Misti presentó un evento explosivo freático y sísmico moderado (Thouret, et. al. 2001 [1999]). Ventura Travada y Córdova, hacia la mitad del siglo XVIII, se preguntaba si el volcán había presentado alguna vez humo en su cima; de manera anecdótica se tenía conocimiento de que sí había expelido humo (fumarolas) el volcán, hasta que encontró una manuscrito del R.P. Fr. Alvaro Meléndez, natural de Jerez de la Frontera, en la Andalucía de la Orden de Santo Domingo, Cura del pueblo del Espíritu Santo de Chiguata, dedicado al D.D. Diego Pérez de Vargas Canónigo de la iglesia de Arequipa; el manuscrito data de 1677 (Travada y Córdova 1958 [1752?]: 24-33).
El manuscrito, que Travada y Córdova tituló como: El volcán de Arequipa y sus humos, nos da a conocer las determinaciones que tomaron el Cabildo Real y Eclesiástico, ante la actividad volcánica del Misti. Todo comenzó un 28 de marzo de 1677, en la cuarta dominica de Cuaresma, después de haber asistido a misa, en la cima del volcán “...una densa nube coronaba toda la cumbre del volcán: parecióles a unos humo y a otros niebla y divididos en pareceres los más cuerdos quedaron indecisos hasta que viendo que perseveraba la nube todo aquel día y su noche, fue común el alboroto y general el temor...” (Ibid. Pág. 27-28).
El día lunes, persistía el humo en la cima del volcán; ante el temor general de la población, el Corregidor Juan Mesia y Ayala de la Orden de Calatrava, “...mandó a cuatro hombres arrestados que venciendo la cumbre examinasen si era nube o humo lo que tanto asustaba. Partieron ligeros, acometieron esforzados; pero retrocedieron prudentes por no haber podido por el lado donde emprendieron la subida llegar ni hasta la mitad de este gigantesco coloso. Aumentóse el cuidado de la ciudad, porque todos concordaron en que no era nube sino humo, porque constante en la cumbre en tanto tiempo, no daba señales de resolverse...”. (Ibid. Pág. 28)
El día martes 30, se congregaron el Cabildo Real y Eclesiástico, encargándole al P. Fr. Alvaro Meléndez subir a la cima del volcán. Mientras tanto Juan Muñoz, “... un mozo de intrépido corazón muy práctico en las sendas de las faldas del volcán...” se ofreció subir a la cima; no pudiendo cumplir su propósito “... contentose con ver muy a lo lejos la boca que respiraba el humo y con traer algunas cenizas de la mayor eminencia que pudo vencer su intrépida porfía...”, Juan Muñoz a su retorno a la ciudad de la cima del volcán “... mostró las cenizas, y como olían mucho a azufre, se comenzó a alborotar de nuevo la ciudad; imploraron la misericordia divina, congregándose todos a hacer una devota rogativa que se dispuso en la iglesia mayor en novenario al Santísimo Sacramento y muchas procesiones de sangre en que sacaron las imágenes de más devoción, de Cristo, vida nuestra, y de su Santísima Madre en que se siguieron todas las sagradas religiones extendiéndose unas a otras en penitencia”. (Ibid. Pág. 29).
Juan Solis y sus hijos Domingo Rosas y Mateo Rosas, junto con cuatro indios ladinos llegaron a la cima el 2 de mayo “... donde descubrieron una boca de que saliendo el craso humo de azufre les dio en la cara y los desatino (...) por donde respiraba el humo, y que por dos de estas aberturas, que eran las mayores, se divisaban unas como llamas de fuego…” (Ibid. Págs. 30-31). Posteriormente en otra ascensión, los religiosos Pedro Portugal (Cura de Andagua) y Sebastián Hernani (Cura de Cabana) llegaron a la cima del volcán “... lo conjuraron y echaron en él reliquias de Santos, y fijaron una cruz muy grande en su mayor altura, y descendiendo a la plazoleta que sirvió de escala a todos los demás, celebraron allí misa y se volvieron”. (Ibid. Pág. 32).
Ante la persistencia del humo en la cima del volcán, se hicieron extensas “...rogativas que hicieron todas las religiones ya otra que hizo el comercio, y haber repetido la Iglesia Catedral segundo novenario a la Purísima Virgen María de la Asunción, Patrona titular de esta Iglesia cuya imagen se sacó por las principales calles de la ciudad en hombros de los señores prebendados” (Ibid.).

Dibujos del volcán Misti en el siglo XVIII


Durante el siglo XVIII, nuevamente el volcán Misti presentó actividad; ocurrieron dos eventos freáticos: el 9 de julio de 1784 y del 28 de julio al 10 de octubre de 1787 (Zamácola 1958: 90; Barriga 1941: 7-23; Rivera Martínez 1996: 529-545; Thouret, et. al. 2001 [1999]; Chávez 1993: 96-98). Después de haber ocurrido un terremoto el 13 de mayo de 1784, el suelo arequipeño continuo temblando, es así que el Licenciado Don Juan Domingo de Zamácola y Jáuregui, Cura propio de la iglesia parroquial y Santuario de Cayma, contabilizó los sismos que ocurrieron después del terremoto hasta el último día del año de 1784, es así que Zamácola escribe que el 9 de julio de dicho año: “...hubo un temblor a las 8 y 39 minutos de la mañana, el continuo movimiento de la tierra no descansa, por la noche a las doce y media se oyó un estruendo como si se hubiese disparado un cañonazo por el aire, o si se hubiesen caído algunas casas; se asegura que en este instante descendió por el lado del volcán, un globo ígneo, que muchos lo vieron, sus centellas alumbraron y se hizo invisible por la parte de la sierra.” (Zamácola 1958: 90).
Hacia finales del año de 1786, el Intendente de la ciudad de Arequipa, Antonio Álvarez y Jiménez, ordenó realizar una descripción topográfica del volcán Misti, para que se “...reconociesen y especulasen las materias de que se componía...”, sin embargo fue necesario realizar una segunda inspección al volcán, que se realizó en 1787 con “... motivo de exhalar la boca de su cima porción de humo que puso en consternación a los habitantes inmediatos temiendo alguna irrupción, o alguna desgracia, ...” (Barriga 1941: 7). A partir del 28 de julio de 1787 el volcán Misti presentó actividad fumarólica, es por ello que se tuvo que ascender a la cima para averiguar la causa del humo, en el Anadiplosis a la descripción topográfica del volcán de Arequipa nombrado Miste por los naturales, se describe el mandato del Intendente ante tal acontecimiento; para ello se comisionó a Francisco Suero y Francisco Vélez, quienes tenían que reconocer por segunda vez el volcán “... a causa de haberse observado en su cumbre desde el día 28 de julio un grande humo aliginoso y denso, que poniendo en consternación toda la ciudad, ha dado motivo a que el Estado Eclesiástico empezase a hacer públicas Preces, y Rogativas, citando gentes de ambos sexos para procesión de Sangre...” (Ibid. Pág. 17). A su retorno del volcán los comisionados manifestaron que en base a “... principios físicos y matemáticos, parece que no hay riesgo notable; y si se ha de formar pronóstico relativo y conforme al diagnóstico fundado sobre las reflexiones hechas con la debida atención, exactitud y madura acuerdo, somos de dictamen que dentro de un mes poco más o menos quedará enteramente desvanido el Meteoro, y extinguido por sí mismo el Agente o pirofilacio que lo ha causado.” (Ibid. Pág. 23); así se concluye la información sobre los humos en la cima del volcán Misti durante 1787 y también se concluye la historia de la actividad volcánica del Misti durante el periodo Colonial no registrándose durante los siguientes años del S. XVIII y parte del S. XIX, que corresponde al periodo colonial, actividad alguna.

BIBLIOGRAFÍA


ACOSTA, José de (1954) [1590], Historia Natural y Moral de los Indias, Estudio preliminar y edición del P. Francisco Mateos. BAE, Ediciones Atlas, Madrid.


BARRIGA, Víctor M. (1941), Memorias para la historia de Arequipa 1786-1791, Documentos de los Archivos de Sevilla y Arequipa. Tomo I. Editorial La Colmena, S.A., Arequipa.


BOUYSSE CASSAGNE, Therese con la colaboración de Philippe Bouysse (1988), Lluvias y Cenizas. Dos Pachacuti en la historia. Hisbol, La Paz.


CHÁVEZ CHÁVEZ, José Antonio (1993), La erupción del Volcán Misti. Impresiones ZENIT, Arequipa.


HARRINGTON, Horacio J. (1948), Volcanes y Terremotos. Segunda Edición. Editorial Pleamar, Argentina.


PERALDO HUERTAS, Giovanni y Mauricio MORA FERNÁNDEZ (1995), “Las erupciones volcánicas como condicionantes sociales: casos específicos de América Central”; en: Anuario de Estudios Centroamericanos, núm. 21 (1-2); pp. 83-110. Universidad de Costa Rica, Costa Rica.


RIU, Manuel (1959), La vida, las costumbres y el amor en la Edad Media. Gasso Hnos. Editores, Barcelona.


RIVERA MARTÍNEZ, Edgardo (1996), Imagen y Leyenda de Arequipa. Antología 1590-1990. Fundación M.J. Bustamante de la Fuente, Lima.


THOURET, et.al. (2001) [1999], “Evaluación de las amenazas volcánicas en el área de la ciudad de Arequipa, en base a la historia eruptiva del volcán Misti, sur del Perú”; en : Agustino, año 3, N°16; pp.4;3;10; Boletín informativo de la Universidad Nacional de San Agustín, Arequipa.


TRAVADA y CÓRDOVA, Ventura (1958) [1752?], El suelo de Arequipa convertido en cielo. I Festival del Libro Arequipeño, Arequipa.


ZAMÁCOLA y JÁUREGUI, Juan Domingo (1958), Apuntes para la historia de Arequipa. I Festival del Libro Arequipeño, Arequipa.

3 comentarios:

Luis dijo...

Que interesante y bien documentada reseña sobre las erupciones del Misti. Felicitaciones amigo, disfruto leyendo tus trabajos de historia sobre volcanes.

RicardoAqp dijo...

Por casualidad tendras el nombre de como los indigenas o pueblos arequipeños llamaban a las fumarolas ? era en quechua? Muy agradecido

JUan Francisco dijo...

Felicitaciones por tan instructivo y pormenorizado recuento de los eventos volcánicos en el sur peruano. Sería muy interesante que se pueda volver a reeditar el libro de Ventura Trabada "El suelo de Arequipa convertido en cielo" en donde narra en forma muy barroca la reventazón del Huaynaputina en Febrero del 1600. El curioso nombre de este libro escrito en 1752 en ocación de la consagración del monasterio de Santa Rosa, es que era el doceavo templo en la ciudad y como doce son las torres y doce las puertas de Jerusalén, hacía aparangón a la celeste Arequipa con Jersusalén, ambas elevadas al cielo.
Pero la pregunta es que si el escudo de la ciudad fue otorgado por el emperador Carlos I, cómo se podía hacer referencia a el volcán Misti y sus humos? Quizá por la tradición oral pre-hispánica? Le reitero mi agradecimiento por tan interesante rasgo de nuestro primigénia historia y el insto a continuar el su loable obra.
Cordialmente.