lunes, 1 de diciembre de 2008

Ponencia presentada al XIII Simposio Internacional de Estudiantes de Historia (Arequipa, 25 al 27 de noviembre del 2008)







EL GRAN TERREMOTO DEL SIGLO XIX Y SU MEMORIA A TRAVÉS DE LAS CARTAS PASTORALES DEL OBISPO JUAN AMBROSIO HUERTA. AREQUIPA: 1868 – 1895 *


Lic. Yony Wuilfredo Amanqui Tacar
Universidad Nacional de San Agustín (Arequipa – Perú)


La ciudad de Arequipa se encuentra ubicada en una zona altamente sísmica, por ello el suceso de terremotos a lo largo de su historia constituyen un común denominador en la vida de sus poblaciones a lo largo de los siglos. A lo largo de la presente ponencia nos ocuparemos del más grande terremoto que ha sufrido la ciudad desde su fundación española en el siglo XVI, ocurrido el 13 de agosto de 1868.
Comenzaremos por conocer la intensidad y magnitud del evento sísmico, para luego pasar a las consecuencias que provoco en la ciudad de Arequipa, destacando los daños que provoco en la infraestructura de canalización de agua, edificios religiosos, públicos y privados, así como también las medidas que se tomaron para poder restablecer el orden en la ciudad luego del terremoto. No solamente son importantes los aspectos materiales, mas si todavía nosotros siendo una ciencia del hombre, nos interesa conocer los comportamientos y actitudes de la población arequipeña ante el terremoto, teñidas totalmente de una concepción sobrenatural en cuanto a las causas del terremoto, y sus remedios religiosos para evitar nuevos movimientos sísmicos. Culminamos con la memoria del terremoto, manifestada en la Cartas Pastorales, que fueron redactados por el Obispo de la Diócesis de Arequipa Juan Ambrosio Huerta, entre las décadas de los ochenta y noventa del siglo XIX.
Cabe destacar que la presente ponencia constituye un trabajo inicial, somos conscientes de las falencias que pueda presentar en cuanto a la formulación de un adecuado marco teórico y el enriquecimiento de una bibliografía más calificada respecto al contexto arequipeño del siglo XIX, como también la historia de la iglesia en sus diferentes aristas trabajadas luego de la implantación de la Republica en el Perú. Creemos que su presentación en este evento académico, ayudara a formular las correcciones adecuadas.

EL GRAN TERREMOTO DEL SIGLO XIX.
A las 17:15 horas del 13 de agosto de 1868, el sur peruano era remecido por el más violento terremoto acaecido en nuestro país, el terremoto alcanzo la magnitud de los del orden de los 8.6 grados en la escala de Richter, que es la energía liberada en el evento sísmico, y la magnitud de los XI grados en la escala modificada de Mercalli (Silgado Ferro, 1978: 39-40; Giesecke y Silgado, 1981: 29-31; Núñez-Carvallo, 1997: 204).
De acuerdo a las estimaciones de Enrique Silgado Ferro, el movimiento sísmico se percibió hasta unos 1400 km. NW (Samanco-Perú), a una distancia igual hacia el S. (Valdivia –Chile), y hasta unos 224 km. al Este en dirección de Cochabamba-Bolivia; el radio del área más afectada abarcó como unos 700 km2. El epicentro fue localizado en la costa de Tacna; al terremoto siguió un gran tsunami que afecto a las poblaciones costeras desde Pisco en el Norte hasta Iquique en el Sur; la ciudad de Arica fue la más afectada, luego de un cuarto de hora del terremoto unas olas de doce metros de altura arraso completamente el puerto dejando un saldo de 100 muertos, continuaría un flujo y reflujo durante casi 40 minutos, a las 18:50 horas el mar irrumpió nuevamente con olas de 16 metros de altura. La tercera ola fue la que más daños causó, a las 19:10 horas el tsunami invadió la tierra, varando la corbeta peruana “América” de 1560 toneladas, el “Wateree” y el “Porton Fredonia” de los EE UU fueron arrojados a 300 metros tierra adentro. El tsunami llegó hasta California, Hawai; Yokohama, Filipinas, Sydney y Nueva Zelandia (Silgado Ferro, 1978: 39-40; Giesecke y Silgado, 1981: 31).

CONSECUENCIAS DEL GRAN TERREMOTO EN LA CIUDAD DE AREQUIPA.
La ciudad de Arequipa fue azotada violentamente por el terremoto, al margen de los documentos escritos que se produjeron a consecuencia del sismo, es el primer terremoto del que disponemos de fotografías de las secuelas en la arquitectura arequipeña, cuya visualización nos muestra lo severo que resulto el terremoto en cuanto a intensidad y magnitud (ver imágenes al final). El Diario La Bolsa en su editorial del 17 de agosto, manifestaba que “Diez minutos fueron suficientes para que viniera al suelo toda una ciudad, la obra de tres siglos, los templos, los edificios más sólidos que resistieron el célebre terremoto del 13 de Mayo del año de 1784, sin duda en nada comparable al acaecido en la tarde del 13 de Agosto de 1868” (Barriga, 1951: 366).
Fueron tan grandes los daños en la otrora Fidelísima ciudad de Arequipa, que en la Editorial del diario antes mencionado, resulta difícil tratar de realizar una descripción del sismo limitándose a señalar. “…basta que digamos por lo pronto, y mientras pasa el tiempo pasa para que vuelva la calma y la serenidad que nos han abandonado, basta decimos, con que se sepa que la hermosa, la risueña, la galana, la bella Arequipa YA NO EXISTE y que está borrada del catálogo de los pueblos que componen la República Peruana ” (Barriga, 1951: 366).
El Prefecto del Departamento Francisco Chocano, en una misiva enviada al Ministro del Gobierno, afirma que “…que Arequipa, la bella y hermosa ciudad no existe”, además relata las vivencias ante el sismo: “Dominados por el espanto y terror, no es posible hacer una descripción aproximada de lo ocurrido. De un lado el movimiento de la tierra que no permitía tenerse de pié de otro los incendios de varios fundos, donde había materias inflamatorias y el polvo que sofocaba a las gentes, producían una situación espantosa y desesperante, las lágrimas los alaridos de los heridos y el misericordia de todas las gentes presentaba un cuadro desgarrador y aterrante, la pluma no puede trazar los acontecimientos y ni aun acercarse a la realidad, que era preciso presenciar esos tristes y desconsoladores momentos para tener una idea de lo que es un terremoto. ” (Barriga, 1951: 355).
En cuanto al recuento de los edificios religiosos y públicos afectados, se menciona que los templos de Santo Domingo, San Agustín, San Camilo y la Tercera Orden, terminaron por los suelos, perdiéndose para siempre el templo de los Padres camilos de la Buena Muerte. Los de Santa Rosa y San Antonio fueron dañados desde los cimientos. Mientras los de Santa Marta, Santa Teresa y La Merced cayeron en parte. La iglesia de La Compañía y San Francisco terminaron muy averiados. La única torre en pie en toda la ciudad fue la de Santa Catalina. Mientras que la La Catedral sufrió daños que ala postre fueron susceptibles de ser reparados. Los edificios públicos como la casa Consistorial ubicada en el segundo piso de los portales al frente de La Catedral quedo arruinada, el local de la Prefectura no sufrió muchos daños, el colegio de La Independencia Americana se vino al suelo, el seminario de San Jerónimo perdió sus altos, la casa de la Corte Superior y Juzgados quedaron averiadas al igual que el hospital de San Juan de Dios (Barriga, 1951: 380-381).
Luego del sismo urgían tareas urgentes por cumplir, se principio por la reparación de las acequias que surtían agua a la población, el Sub Prefecto de la ciudad Jacinto Mendoza, a la mañana del día 14, comisiono al Teniente Coronel Eugenio Chávez y al Teniente de Aguas José Aniceto Vargas para que con la asistencia de la gendarmería de a pie, puedan reparar la bocatoma de agua del río Chili en la parte de Chilina, y así poder surtir de agua a la acequia de Miraflores (El Filtro), ya que esta surtía de agua a las fuentes publicas de la ciudad, también se conmino a los Tenientes de Aguas de la vasta campiña arequipeña a reparar las acequias para el regadío de las cementeras, en dicha labor intervinieron trabajadores chilenos de las casas de comercio extranjeras, de esa manera a decir del Sub Prefecto, se aseguraba el abastecimiento de alimentos para la población, para el tiempo del terremoto el regadío de los campos de cultivo de trigo ya se había realizado. Otra medida fue la de evitar la propagación de una peste a consecuencia de estar el aire corrompido por la muerte de personas y animales, en profundos sanjones cavados en la pampa de Miraflores, se sepultaron a los cadáveres que estaban esparcido en las calles o sepultados bajo los escombros de las viviendas, envista que la putrefacción de los cadáveres era ya evidente por los olores que estos desprendían se dispuso enterrarlos con los mismos escombros, las tareas de limpieza demorarían mucho tiempo; otra medida para evitar la corrupción del aire, era desobstruir las acequias que cruzaban las calles, con el movimiento de las aguas se daba ventilación y la población podría realizar la limpieza de las inmundicias, estas medidas dispuestas evitaron la propagación de una epidemia. En vista que algunas viviendas amenazaban peligro inminente sobre la población, se ordeno su demolición inmediata, los escombros debían estar lejos de las acequias y veredas. En cuanto al seguridad, desde la noche del 13 de agosto se realizaron robos de bienes en las viviendas destruidas, las patrullas de gendarmería tuvieron que rondar de prima y nona la ciudad, para conservar el orden y proteger la propiedad, tarea que resulto muy apremiante al punto de quedar mal vestidos y descalzos los gendarmes por el trabajo realizado, bajo el compromiso de continuar con las tareas de brindar protección y seguridad a la población de la amenaza de los robos y saqueos, el Sub Prefecto precisaba poner en conocimiento del supremo gobierno de las acciones post sismo realizadas (Barriga, 1951: 389-392).

CONCEPCIONES Y VIVENCIAS RELIGIOSAS LUEGO DEL TERREMOTO.
Luego de haber ocurrido el terremoto, las concepciones religiosas llevaron a los dirigentes eclesiásticos a poner en escena la puesta en marcha de ritos que buscaban un remedio ante las secuelas del sismo. Estas se debían a la continuidad de una mentalidad colonial en la población arequipeña. Durante el periodo colonial arequipeño, la mentalidad de la población consideraba que Dios intervenía en la causa de los terremotos, las explicaciones de tipo sobrenatural estaban cimentadas en el arequipeño, al margen de que hubo algunos que consideraban causas naturales (Amanqui Tacar, 2006).
El terremoto fue concebido como un azote de la Divina Providencia había mandado sobre la población. El Presidente de la República José Balta, hacía conocer sus impresiones respecto al terremoto mostrándonos una mentalidad providencialista: “La Divina providencia ha querido afligir al país con grandes, desastres en momento en que comenzaba mi administración”; para Balta el sismo constituía una lección moral para la población: “Siempre ha sido provechosa la escuela de la desgracia y las calamidades con que Dios ha afligido a los pueblos han sido, en todo tiempo, una lección para la humanidad” (Barriga, 1951: 375).
Las conductas colectivas están teñidas de miedo, en donde el único remedio se enmarca en una religiosidad funcional -a decir de Jaime de Almeida- como se retrata en la población de Las Islas de Chincha: “…las mujeres, los niños y aun los hombres clamaban misericordia, se abrazaban, se pedían perdón, se hincaban en las calles en todas las direcciones: solo se oían gritos y llantos de desesperación (…) Era un espectáculo horrible, conmovedor, hubo un momento de terror indescriptible” (Barriga, 1951: 351).
Para tener una idea cabal del los momentos del sismo en la ciudad de Arequipa, vale la pena citar in-extenso la descripción realizada por el Diario La Bolsa el 25 de agosto:
“Eran las cinco y 5 minutos de la tarde, se hizo sentir un leve movimiento de tierra oscilatorio, que en su principio solo pudieron notarlo las personas que se hallaban en completo reposo, pues carecía del ruido que precede y acompaña generalmente a los temblores. A los 8 o diez segundos era ya bastante sensible, pero aun entonces no podía causar alarma alguna parecía ser uno de tantos temblores, harto frecuentes en Arequipa
El movimiento continuaba y era cada ves más fuerte. Como a los 30 segundos de duración era ya alarmante. En ese instante y tal ves algo antes, es indudable que las gentes tímidas debieron correr a las calles y a los patios y sitios despejados de las casas. La oscilación del suelo era más y más sensible y principiaba a sentirse un ruido sordo, distinto de otros temblores, que parece propagarse por el aire.
Al fin del primer minuto o principio del segundo, no debió quedarse ninguna persona en su habitación, por grande que fuera la serenidad que hubiese tenido en estos casos; era un temblor de los más recios.
El suelo seguía meciéndose, cada nuevo sacudimiento aumentaba en fuerza; el ruido era cada ves más formidable. Las paredes, los techos de las habitaciones oscilaban y se mecían más y más desprendiendo polvo por todas partes. Las puertas, las mamparas eran sacudidas con violencia. Se perdía ya la esperanza que cediese el movimiento, y el pavor se retrataba en todos los semblantes. No se sabía que hacer ni donde huir. Hasta entonces transcurría dos minutos o más.
El tercer minuto fue espantoso. La tierra crujía con horrorosa furia; éramos llevados a un lado y a otro por los terribles sacudimientos del suelo: su cuerpo se bamboleaba y apenas se podía tener de pié. Las paredes, las casa, los edificios todos se veían venir sobre las cabezas, se desquiciaban, parecían deshacerse en mil pedazos: eran los momentos de una lucha horrorosa los sillares y trozos enteros se desprendían de las paredes como si cada uno fuese impulsado hacia fuera, pero se les veía retroceder como si una fuerza oculta los llevase otra ves a su lugar. La tierra redoblaba su pujante impulso la atmósfera se oscurecía, la naturaleza entera parecía desquiciarse. El terror y el espanto se apoderaron de los ánimos: cada segundo era un siglo; se andaba sin sentido huyendo de un lado a otro lado, con la vista fija en los altos de los edificios para no quedar sepultados entre los muros de un momento a otro, vendrán al suelo, las paredes se desprendían una de otras, se dividían en grandes proporciones que aun resistían a los horribles sacudimientos: al traquido de la tierra, al estruendo producido por las paredes viejas que comenzaban a venirse al suelo, se mezclaban los doloridos ecos de cincuenta mil voces que atronaban los aires implorando al Eterno misericordia, para aplacar la justicia del cielo: un solo grito resonaba: era el grito de la desesperación , del espanto de la dolorosa y última agonía; y los lamentos de las mujeres y los niños completaban este cuadro aterrador. Las personas que estaban en las calles se asían las unas las otras, corrían confundidas, atropellándose, a las plazas que eran inundadas de gente o se arrodillaban con los brazos levantados, aguardando resignadas ya a morir, el último momento.
Serían las cinco y 8 minutos o poco más. Habían llegado los momentos supremos. Se sentía a manera de una tremenda avenida subterránea como una horrorosa tempestad. No era ya un movimiento de vaivén, sino impetuosos sacudimientos verticales, de arriba a abajo los que hacía retemblar los edificios, con ímpetu espantoso el cataclismo se manifestaba en sus más gigantescas proporciones. Las Cúpulas de los templos, las elevadas torres sostenidas sobre columnas tan sólidas como una roca, eran sacudidas y llevadas ya a aun lado ya a otro como una débil caña, y arrojaban al suelo trozos , lienzos enormes que caían sobre la bóveda de los templos o rodaban hasta el centro de las calles, las bóvedas de las casas mejor edificadas se desplomaban, paredes enteras caían de un solo golpe, por ambos lados de las calles obstruyéndolos con los escombros hasta quedar enterradas muchas puertas. De repente no se vió mas el sol quedo completamente oscurecido, era una lóbrega y tenebrosa noche. Las personas que más inmediatas se encontraban unas de otras no podían conocerse, la confusión el espanto, el estupor, la desesperación llegaron a su colmo. El grito desolante de un pueblo era ahogado por el indescriptible estruendo de la caída incesante de los edificios. El suelo parecía faltar por instantes, desaparecer, hundirse bajo los pies a un insondable abismo. El polvo hacía cada ves más difícil la respiración; la mayor parte de los habitantes estaban a punto de asfixiarse, y desfallecidos se acercaban a las acequias de las calles, en las que el agua que buscaban con ahínco, se había convertido en detestable barro. Ofuscada confundida la imaginación apenas se tenía conciencia del peligro no se pensaba en nada; y la mirada atónita, abismado el pensamiento nada descubría… nada mas que las puertas de la eternidad!...
¡Qué horror que terribles y angustiosos momentos. El tiempo parecía haber detenido su precipitada marcha para aumentar nuestra tortura. Los instantes se hacían eternos.
Hoy mismo, pasado ya el peligro, el recuerdo de tan espantosa catástrofe, que se ha apoderado de nuestra memoria, que domina por completo nuestro espíritu nos horroriza, nos hace estremecer. (…)
Como a las 6 ó 9 minutos el movimiento del suelo comenzaba declinar y un minuto después era ya poco sensible, la densa niebla del polvo que había cubierto la población se elevaba lentamente y algunas ráfagas de luz venían a alumbrar débilmente tan desastroso espectáculo.
Entonces podían verse las personas que, con el semblante cadavérico y cubiertas la tierra, parecían haber salido de la tumba. Solo entonces pudo verse también que la mayor parte de la hermosa ciudad había venido al suelo. Se notaba, sin embargo, que una gran parte no había sido derribada: calles enteras ostentaban muchos de sus edificios; pero ¡qué engaño! Lo que de las calles parecía haber quedado bien, estaba inutilizado, si se examinaba por el interior; los techos que no estaban en el suelo parecía que se desplomaban con solo el leve ruido de la temerosa pisada.
Pasados los minutos de terror los atribulados habitantes se dirigían aglomeradas por sobre los escombros a las plazas y campos. Las familias diseminadas aquí y allí buscándose llamándose a gritos los unos a los otros; los sollozos de las mujeres, las oraciones repetidas en alta voz; un escaso número de personas que había salvado apenas quedando estropeadas, confusas con los vestidos hechos pedazos; la vista de algunas víctimas, en fin, desgarraba el corazón, y el espanto, al estupor, se seguían el dolor y la consternación.
Los últimos débiles rayos de un sombrío crepúsculo desaparecían. El que podía, aquel cuya casa no había sido del todo derribada por el terremoto, corría a través de mil peligros a sacar algunas mantas para preservarse un tato del frío plegando sus negras alas venía a aumentar el pavor. A cada nuevo estremecimiento de la tierra se renovaba crecía la confusión el temor en las plazas y demás puntos donde se había refugiado la población; se hacía oír de nuevo el llanto, y arrodillados levantaban la vista al cielo, repetían las oraciones y algunos se abrazaban a las efigies de los santos, que habían sido llevado a aquellos inciertos resplandores de siniestra luz aparecía por intervalos, dando a las ruinas que se destacaban de entre las sombras formas aterrantes : era la luz del incendio que se había declarado en algunas casas.
Así paso toda esa noche de luto, de desolación y desconsuelo” (Barriga, 1951: 377-380).
Las concepciones sobrenaturales sobre las causas del terremoto, habían sobrevivido en la ciudad de Arequipa, cuya población aún continuaba siendo un fiel reflejo de los tiempos coloniales, y más la iglesia católica. Pedro de la Flor, Chantre de la Catedral y Vicario Capitular de la Diócesis, a pedimento del Prefecto del Departamento dispuso la realización de una misión religiosa buscando salvaguardar la vida de los fieles, en vista que los peligros aún continuaban, la muerte rondaba entre las ruinas y se hacía más evidentemente con las réplicas sísmicas. El sincero arrepentimiento de los delitos cometidos, acompañados de plegarias y gemidos hacia Dios, buscaban suspender la Justicia Divina; la Iglesia en momentos tan críticos no podía mostrarse indiferente a la salvación de las almas de los fieles, los sacerdotes a través de la exhortación a los fieles, proponían realizar penitencias publicas, rituales necesarios en momentos de desastre, era importantísimo “…atender solo a nuestros intereses espirituales pues ya los temporales hemos perdido y con esto nos ha dado el Señor un aviso patético de que nos prevengamos para comparecer a su tribunal” (Barriga, 1951: 346).
En una posterior misiva (17 de agosto) dirigida al Clero Secular, Clero Regular y a todos los fieles, Pedro de la Flor dispone la designación de predicadores, siempre teniendo presente sus concepciones providencialistas del terremoto; para el eclesiástico el desastre constituía un llamado de atención para renunciar a las conductas mundanas, la situación espiritual era deplorable y requería urgente remedio. La ofensa que la población arequipeña había lanzado hacía el Altísimo, podía solucionarse implorando misericordia, arrepintiéndose de los pecados. Para lograr ello, se dispuso la realización de una misión en todos los campamentos que comenzó el 23 de agosto hasta el 6 de septiembre, estos se realizaron en la Plaza Mayor, en el camino a Tingo, Miraflores, San Lázaro, La Palma, Santa Marta, para el lado de la Chimba en Yanahuara y Cayma (Barriga, 1951: 364-365). En vista de la ruina de la Catedral, urgiendo un lugar en donde poder oficiar la misión dispuesta, el cabildo de la ciudad el 20 de agosto, acuerda construir una Capilla provisional en la Plaza Mayor para “…conseguir de algún modo se aplaque el castigo divino que nos ha sobrevenido el día 13 del corriente”, para ello se recolecto dinero de entre los sobrevivientes, a falta de 80 pesos para la compra de madera se acordó que la Corporación, dé la cantidad restante (Barriga, 1951: 383).
Al margen de la urgente necesidad de reparar las acequias de las calles para el abastecimiento de agua para la población, el recojo de los cadáveres y su posterior enterramiento evitando la propagación de aires fétidos y pestes, la implantación de patrullas de prima y nona a cargo de la gendarmería buscando salvaguardar a la población de los robos, y demás acciones en beneficio de la ciudad, las preocupaciones de la vida espiritual de la población afectada no fue menos importante. Con el pasar de los años la memoria del terremoto continuaría, con la llegada hacia el año de 1880 del nuevo Obispo de la diócesis Juan Ambrosio Huerta, las memorias del terremoto de 1868 continuarían, esta vez con diferente matiz, comparados con las memorias del los terremotos durante el periodo colonial (Amanqui, 2008).

LAS CARTAS PASTORALES DEL OBISPO JUAN AMBROSIO HUERTA CON MOTIVO DEL ANIVERSARIO DEL TERREMOTO DE 1868 (1883 – 1895).
Durante el periodo colonial arequipeño fue una práctica religiosa la conmemoración del suceso de los movimientos sísmicos acaecidos en la ciudad de Arequipa (Amanqui, 2008) Estas desde nuestra propia perspectiva, siguiendo al gran historiador francés Jean Delumeau (1989) constituían acciones que buscaban poder obtener protección, seguridad de futuros eventos sísmicos, para ello se desplegaban ritos religiosos en las iglesias y espacios abiertos , con la participación de las autoridades religiosas, civiles y población en general, estas medidas se realizaron hasta las primeras décadas del siglo XIX.
Los años que siguieron al terremoto de 1868, se mantendría la memoria de tan formidable desastre. Es así, que a la llegada del Obispo Juan Ambrosio Huerta en 1880, a tomar la dirección de la Diócesis de Arequipa, una de sus mayores preocupaciones fue la de traer a la memoria de la población arequipeña el suceso del terremoto de 1868 mediante Cartas Pastorales dirigidas al clero secular, clero regular y población en general.
Las Cartas Pastorales con motivo del aniversario del terremoto de 1868 (Ambrosio Huerta, 1883; 1884; 1886; 1887; 1888; 1895), básicamente podemos agrupar sus contenidos de la siguiente manera: primero, en todas ellas se trae a colación el recuerdo que hace el Obispo sobre el desastre causado por el terremoto, considerando que a pesar de ya se vislumbraban causas naturales en el origen de tales fenómenos naturales, era Dios en realidad quien tenia potestad sobre las leyes naturales. Segundo, destaca que la memoria del terremoto tenía un claro sentido de buscar desterrar los ideales emanados del racionalismo, liberalismo y masonería, corrientes que estaban tomando adeptos en la ciudad de Arequipa, es en este segundo apartado que más páginas dedica el Obispo a escribir. Tercera, las disposiciones emanadas del Obispo para evitar nuevamente un terremoto, en donde durante los primeros días del mes de agosto de cada año se debían cumplir ciertos rituales culminado esta con procesiones de penitencia el día central, 13 de agosto.

Memoria y concepciones del terremoto en las Cartas Pastorales.
Al comenzar la redacción de las cartas el Obispo Ambrosio Huerta trae a la memoria de los que leyeren, la memoria de los estragos que causo el terremoto: “La tierra tembló, y con sus sacudimientos derribó la mayor parte de los edificios de esta ciudad: las aguas del mar se entumecieron y apenas quedaron en pié algunos de los pueblos del litoral; y el fuego, este elemento terrible devorador por excelencia, multiplicó sus estragos, sembrando un triple pánico en todos los corazones ” (Ambrosio Huerta, 1883:3). Para la concepción del Obispo las razones del terremoto se debieron al estado de pecado en que vivía la población, y para no provocar la indignación Divina era preciso evitar volver al pecado. Se ponía mucho énfasis en no olvidar el desastre; escribía el Obispo: “…si queremos vernos libres de nuevos castigos, pues conservando fresco el recuerdo de aquella catástrofe, no será tan fácil que el corazón se deje dominar por los vicios hasta el estremo de dejar que se amortigue en nosotros la fé por falta de buenas obras” (Ambrosio Huerta, 1883:4) Este era el motivo principal por la que se ordenaba la realización de rituales de desagravio a Dios todos los años el 13 de agosto. La reiteración de llevar acabo los aniversarios del terremoto, traen a colación lo frágil que resulta el ser humano en cuanto a poder llevar una vida duradera, cumpliendo los preceptos religiosos católicos, la población en el mismo instante en que sucedió el terremoto imploraba al cielo misericordia, pasado los momento traumáticos, nuevamente se olvidaba de los misericordioso que fue el Altísimo, esta situación se retraba en una oración para implorar misericordia, del Papa Urbano VIII, con la que Ambrosio Huerta comienza una de sus Cartas Pastorales: “Señor ¿es posible que seamos tan miserables? Si esperas bondadoso nuestro arrepentimiento, no nos corregimos y si nos castigas, apenas podemos soportar la corrección: verdad es que al sufrirla, confesamos de plano nuestras culpas: pero, pasada esta visita de tu justicia olvidamos el motivo que la determinó, de manera que al extender tu mano para castigarnos, te prometemos enmendarnos, mas al suspender tu castigo nos olvidamos de cumplir lo prometido. ¡Oh Señor! Si nos hieres clamamos para que nos perdones, y si nos perdonas volvemos a provocar tu indignación.” (Ambrosio huerta, 1886: 3). Ambrosio Huerta, consideraba que las pocas víctimas que causo el terremoto en cuanto a muertes de personas (se precisa que en Arequipa la cifra de muertos bordeo los 100), había sido a consecuencia de la misericordia con la que Dios actuó, y que la población no había sabido reconocer ello (Ambrosio Huerta, 1884: 4-5). Incluso, exhorta a los fieles transmitir la memoria del terremoto a las personas que nacieron después de la fecha del sismo a no olvidar las misericordias del Altísimo (Ambrosio Huerta, 1886: 4). Fueron muy grandes las misericordias del Dios para con Arequipa: no solamente podían suceder los castigos en forma de terremotos si no también con la erupción volcánica del Misti, las cuales no sucedieron, ya que no del todo la ciudad estaba desentendida del cumplimiento de los preceptos católicos: “La católica Arequipa vive á las faldas del Misti, corriendo á cada instante, el peligro de ser envuelta en sus lavas. Herculano y Pompeya, ciudades sin duda más populosas que la nuestra, se hallaban igualmente situadas más ó menos sobre la base del Vesubio. ¿Qué mucho que Arequipa fuera un día, cuyo cuando no podemos señalar, lo que son de presente aquellas ciudades, cuyas tremendas ruinas son hoy el objeto de tremenda curiosidad de los viajeros?... En el orden físico, á condiciones análogas corresponden resultados análogos, que solo pueden neutralizarse por la intervención de causas morales; mejor dicho, de la acción directa de la Providencia, a favor de las que la respetan y la obedecen en el orden moral. ” (Ambrosio Huerta, 1888: 1). Sin duda alguna estas cartas reflejan la búsqueda de un sentimiento de seguridad ante futuros eventos sísmicos, se procuraba, a decir del Obispo que: “…Dios nuestro señor cuide siempre misericordiosamente de la católica Arequipa” (Ambrosio Huerta, 1895: 3).
Estando en el siglo XIX, las concepciones sobrenaturales sobre la causa de los movimientos sísmicos no tenían mucha acogida, el avance de las ciencias de la tierra habían determinado que las leyes naturales eran las que causaban los terremotos, aunque estas hoy en día estén desechadas. Mediante las Cartas Pastorales del Obispo Juan Ambrosio Huerta, encontramos en que las concepciones naturales (identificadas como físicas en las cartas) del origen de los terremotos estaban difundidas en la ciudad, sin embargo, tal idea aterraba al Obispo, ya que consideraba que si bien existían las leyes naturales, era Dios quien las controlaba y podría trastocarlas cuando quisiera.
Las leyes naturalistas, para el Obispo, se originaban en la escuela racionalista, en donde la razón era la que regentaba la generación de conocimiento dejando de lado las revelaciones de Dios, consideraba que “Dios creador, autor de las leyes de la naturaleza es el único que puede modificarlas o alterarlas según convenga a los designios de su infinita sabiduría, ó á las miras de su justicia y de su misericordia. Negar esta verdad, so pretesto de que las leyes de la naturaleza son inmutables equivale a negar a Dios, por cuanto se le niega el atributo de su omnipotencia. (…) Negar, pues, la intervención directa de Dios en tales fenómenos rechazando por esto mismo la verdad de la revelación, es dar la más inequívoca prueba de falta de razón.” (Ambrosio Huerta, 1886: 4-5). Dios, en la concepción del Obispo, era quien regentaba todos los fenómenos naturales sucedidos, si bien es cierto que habían leyes naturales, era Dios quien las había legislado: “Los terremotos, como las tempestades, como las epidemias, tienen sus causas físicas más ó menos conocidas por la ciencia, es cierto: las leyes que rigen á la naturaleza material se cumplen fatalmente, es verdad; pero, y qué ¿las leyes físicas no reconocen un legislador? ¿No han sido formuladas por el Creador de la naturaleza? ¿Se dirá que una vez dictadas son inmutables á tal punto, que su mismo Autor no puede suspenderlas ó alterarlas en casos dados? …” (Ambrosio Huerta, 1887: 1) Desde el momento de la creación, estaba presentes las ordenes físicas, sin embargo, estaban supeditadas a la orden moral del Creador, mas su obra no termino allí, “Dios, no ató sus manos después de la creación; hablando más claramente, no renunció á su omnipotencia, para emplearla en tiempo oportuno, suspendiendo ó ampliando los efectos de una ley física, desde que se tratara de dar vigor, ó de restablecer la acción de una ley moral, violada por el hombre en su condición de ser libre” (Ambrosio Huerta, 1888: 1).
Siendo Ambrosio Huerta, un religioso católico, destacamos que las explicaciones sobrenaturales sobre las causas de los terremotos, le es inherente, sin embrago, creemos que gran parte de la población arequipeña debió profesar tales concepciones en pleno siglo XIX, no por gusto Arequipa es considera una ciudad profundamente católica.

La masonería: potencial causa de la ocurrencia de un nuevo terremoto.
Durante el siglo XIX, con el advenimiento de las ideas liberales de Europa, como consecuencia de ello la sociedad peruana asiste la encuentro de otras religiones distintas a la preponderante como fue la católica. La secularización se imponía en diferentes aspectos, a ello se sumaba la controversia de la tolerancia de cultos, muy bien estudiada por Fernando Armas Asín (1998). Efectivamente, la propagación de los ideales de la masonería se dio dentro de la aún no oficial tolerancia de cultos, a lo cual la iglesia católica desde diferentes frentes trato de combatir. En las Cartas Pastorales, encontramos diferentes cuestiones planteadas por el Obispo de la diócesis de Arequipa, respecto a la influencia de la masonería en la población y su propagación, constituyendo una potencial causa del suceso de un igual o peor terremoto como el ocurrido en 1868.
Ambrosio Huerta, considera que a pesar de la misericordia de Dios para con la población en el suceso del terremoto del 13 de agosto de 1868, se dejaron de lado los ideales católicos de conducta, a ello se agregaba la propagación de una cierta legión (masonería) cuyos frentes estaban gobernados por Satanás (Ambrosio Huerta, 1883: 7). Estaba en peligro la fe de la población arequipeña, ante la irrupción de la masonería, luego de casi tres siglos y medio, la religión católica enfrentaba un problema muy serio respecto, a las creencias religiosas; la masonería es identificada como una suerte de ídolo, que teñida con los argumentos del racionalismo y liberalismo, “Se os quiere conquistar, arrancandoos de las filas del catolicismo, para que senteis plaza de voluntarios en los grupos de insurrectos contra Dios y su Cristo” (Ambrosio Huerta, 1884: 4) Estos ideales, ajenos a las enseñanzas de la iglesia católica, no solamente eran teóricas si no también se estaban practicando, el liberalismo se expandía en las aulas de instrucción primaria y media, mientras que la práctica se daba en las congregaciones masónicas; resultaba errónea la libertad de pensamiento practicada por los masones, para el Obispo, si esta no estaba acompañada de un cierto grado de normas morales, al igual de la libertad de culto que podía optar una persona, o no profesar ningún culto , ya que según Ambrosio Huerta, no podía existir pueblo alguno sin religión; rechazaba drásticamente la idea de tolerancia de los masones respecto a la iglesia católica (Ambrosio Huerta, 1886: 5-9) La defensa que esgrimía el Obispo ante la arremetida de los masones, se limito a tratar de desmoronar la falsa filantropía practicada por estos, la falsa caridad propugnada, ya que sea decir del Prelado, no habían personas más caritativas que los católicos , representados en sus diferentes mártires y santos, además de las concepciones de honradez y amor al trabajo, mal sustentadas por la masonería.
Dentro de los adeptos a la masonería, Ambrosio Huerta distingue a los jóvenes arequipeños, se les inculcaba el odio a todo lo religioso, especialmente a los sacerdotes, que para los masones, como escribe el Obispo, eran considerados como una gavilla de ociosos, de traficantes que buscaban el lucro mediante la administración de los sacramentos especialmente con la confesión (Ambrosio Huerta, 1886.14) Para ello se valían de la circulación de folletos impresos cuya lectura fue prohibida por el prelado católico. Buscando el origen de la aceptación de los ideales masónicos, se sostiene que la primera educación recibida por parte de los jóvenes en el seno del hogar, era deficiente, y era aún más preocupante cuando se ingresaba a la instrucción: “la doctrina católica no regenta en el hogar doméstico. Se ha descuidado la primera educación, la que se recibe al arrullo del seno materno, la que forma el corazón, y , como si esto no fuera ya un mal gravísimo, se ha consentido de buen grado en que las inteligencias noveles de los hijos reciban una instrucción nociva, saturada de principios anticatólicos, más ó menos embozados, bajo los nombre seductores de ciencia moderna, de doctrina progresista , de teoría liberal en prefecta armonía con la civilización de este siglo, llamado sin duda por eufemismo siglo de las luces…” (Ambrosio Huerta, 1887: 3) El Obispo arequipeño, metafóricamente identificaba a los masones como lobos vestidos de ovejas, la razón de su insistencia en las Cartas Pastorales, para desterrar las concepciones masónicas, respondían al mal moral practicado al interior de la secta, los intentos de querer apartar a la población de la custodia católica, lo que desencadenaría nuevamente un terremoto sobre la población: “Al hablaros nuevamente del Masonismo en la presente pastoral, no estrañeis esta nuestra insistencia; reconoced en ella la gravedad del mal moral que dicha secta entraña, y el empeño de sus propagandistas por insinuarla entre vosotros. Si la sola idea de que puede repetirse un nuevo sacudimiento de tierra, tan brusco y tan prolongado como el del 68, derribando nuevamente los edificios y poniendo en peligro vuestra vida, produce en nuestros espíritus natural angustia, ¡cuánto no deberá alarmarnos el sordo, pero ya perceptible comienzo de un terremoto, muy más grave en sus efectos entre vosotros, por verificarse en el orden moral y social! ¡Un sacudimiento que amenaza con la ruina de la fe, bajo cuyos escombros quedarán sepultados, no solo los nobles sentimientos que ella engendra, sino aún los gérmenes de virtud, que sólo su luz y su calor pueden desarrollar en el humano corazón, pues sabed que ese terremoto es la Masonería, una vez adueñada de Arequipa. Se pretende que no oigas nuestra voz de pastor. Los lobos no quieren que las ovejas tengan fieles custodios, que las defiendan! Quizá logren sus intentos, destrozando el rebaño. Entre tanto no será nuestra culpa. Hemos dado y continuaremos dando la voz de alarma, para evitar esta catástrofe” (Ambrosio Huerta, 1888: 3). La población arequipeña tenía que poner de su parte, para evitar nuevamente el castigo divino, manifestado en forma de terremoto, recomendaba el Obispo dirigirse a Dios con las siguientes palabras (Tomando las formuladas por David): “Señor, por tu buena voluntad seas benigno para con el Perú, á fin de que estén firmes los muros de Arequipa” A la ves imploraba quedar libres del “…terremoto social que producen indefectiblemente las doctrinas perversas, las máximas inmorales, los principios anticatólicos y ese conjunto de teorías satánicas desquiciadoras de todo orden. Salvando de este peligro, y puesta nuestra confianza en tu Paternal Providencia, estaremos seguros de salvar también de los terremotos físicos, ya que ellos, cristianamente considerados, son por lo general el castigo de nuestros pecados” (Ambrosio Huerta, 1887: 11). El robo de un copón, de la Iglesia de Mollendo, llevo al Obispo a exasperar sus sentimientos hacia la masonería; Justamente por las Cartas Pastorales, tenemos conocimiento que los masones tenían muchos adeptos en Mollendo, lo que preocupo notablemente al Obispo, es en este contexto que atribuye el robo sacrílego a los masones: “Nos resistimos a creer, que el autor de semejante sacrilegio haya sido alguno de los buenos fieles de Mollendo. Aquí está visible la mano masónica é impía, porque un católico, por miserable que sea, si no ha perdido la fe, es incapaz de cometer tan abominable atentado” (Ambrosio Huerta, 1895: 3-4) Los ideales masónicos fueron puestos en tela de juicio, mostrándonos un Obispo, atento a la propagación de la secta religiosa en la Diócesis de Arequipa. Cabe resaltar que el terremoto de 1868, siguiendo al historiador arequipeño Álvaro Espinoza de la Borda, activo el resurgimiento de la iglesia católica en Arequipa, se emprendieron diversas tareas catequizadoras como la de los franciscanos recuperándose muchos pueblos a la influencia de la religión, también a partir de 1868 se formaron instituciones formadas por laicos, cuya misión estaba dirigida a defender la iglesia y la realización de una intensa labor social para con los más necesitados (Espinoza de la Borda, 2005: 195) Queda por comprobar, de alguna manera la hipótesis de Espinoza de la Borda, si realmente el terremoto de 1868 constituyo un hito el la historia de la iglesia en Arequipa, en cuanto a que activo el fervor católico en la población.

Ejercicios públicos religiosos como medida preventiva ante la ocurrencia de un nuevo terremoto.
En todas las Cartas Pastorales, de la disponemos, como epilogo, se encuentra las disposiciones dictadas en memoria del terremoto, estas se justificaban como una forma de desagravio ante Dios, a la vez una manera de buscar protección, seguridad para la ciudad del suceso de terremotos.
En la Carta Pastoral de 1883, se dispuso los ejercicios públicos a realizarse, que a la postre serían las mismas, con mínimas variaciones, para los años venideros:
“1°. Desde el día primero del próximo agosto, se darán misiones, en nuestra Iglesia Catedral, en las tres parroquias de la Ciudad y en la Iglesias de S. Francisco, Sto. Domingo y la Merced, con el objeto de disponer á los fieles á la Santa comunión general que tendrá lugar el día 13 del mismo mes.
2°. Ordenamos un ayuno general que podrá hacerse dentro del término de estos trece días a elección de cada fiel.
3°. Desde dicho día primero se dará en la misa por los sacerdotes la oración pro tempore terremotus.
4°. El día 13 del referido Agosto saldrá á las 7 de la mañana, con dirección á S. Francisco, la procesión de penitencia de la Iglesia de la Merced, con asistencia del clero y de los religiosos de las tres ordenes Monásticas, precediendo á cada comunidad religiosa la imagen de su patriarca respectivo. En este templo se celebrará por Nos el santo sacrificio de la Misa, habrá sermón de Penitencia y daremos la comunión al clero y al Pueblo.
5°. Se tocarán plegarias de hora en hora, desde la seis de la mañana del expresado día, hasta las seis de la tarde en todas las Iglesias de esta capital.
6°. A las doce del día se descubrirá el Santísimo en todas ellas; se hará por una o mas veces el ejercicio de desagravio al corazón de Jesús, y antes de reservar se cantará la Letania de los Santos.
7°. Reservado el Santísimo á las cinco de la tarde tendrá lugar otro sermón de penitencia en la plaza de armas.” (Ambrosio Huerta, 1883: 10-11).


REFLEXIONES FINALES
Queremos culminar la presente ponencia, trayendo a colación la fama de católica que ostentaba y aún ostenta la ciudad de Arequipa. En unas clases de pre grado, Jorge Bedregal la Vera, profesor de la Escuela de Historia de la UNSA, se preguntaba por el marcado carácter religioso de la población arequipeña a lo largo de su historia, justamente nuestra tesis de licenciatura trato de resolver dicha interrogante mediante el estudio del comportamiento de la población arequipeña del periodo colonial ante el suceso de terremotos; ahora que nos hemos adentrado en el estudio del terremoto de 1868 y sus memorias en las décadas siguientes, nos lleva a considerar que efectivamente, el suceso de movimientos sísmicos ayudo a cimentar la religiosidad en la población de Arequipa, al punto de ser considerada la por José Antonio Benito, como la Roma del Perú. El Obispo Juan Ambrosio Huerta, en una de sus Cartas Pastorales, establecía la relación entre el suceso de terremotos y la conservación de la fe católica: “Y ahora entended ¡oh vosotros amados hijos nuestros en J.C.! Los diversos terremotos que han venido sufriendo Arequipa, y con ella todos los pueblos de nuestra Diócesis, traducidos en el lenguaje cristiano, no han sido sino otras tantos avisos del cielo para evitar ruina total último castigo del empecinamiento en el pecado. A esas plagas casi periodicas, sábelo Dios, si ha debido Arequipa la conservación de su fé católica y la morigeración de sus costumbres, con una exepción muy marcada entre los pueblos del Perú” (Ambrosio Huerta, 1883: 7).

Imágenes


Catedral de Arequipa antes de 1868.





Catedral de Arequipa luego del terremoto de 1868.






Arco lateral de la catedral que da a la calle Mercaderes luego del terremoto de 1868.





Arco lateral de la catedral que da a la calle san Agustín luego del terremoto de 1868.





Plaza de armas de Arequipa antes del terremoto de 1868.


Damnificados establecidos en la plaza de armas de Arequipa luego del terremoto de 1868.






Morro de Arica luego del terremoto de 1868.


Arica luego del terremoto de 1868.







Tsunami en Arica de 1868.



El Wateree y El América varados luego del tsunami de 1868.




BIBLIOGRAFIA
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AMBROSIO HUERTA, Juan. 1884 – Carta pastoral que el ilustrísimo Sr. Obispo de Arequipa D. D. Juan Ambrosio Huerta dirige al venerable Dean y Cabildo, clero secular y regular y fieles todos de su Diócesis, con motivo del décimo sesto aniversario del terremoto del 13 de agosto. Arequipa: Imprenta de la Bolsa – Guañamarca N. 49.

AMBROSIO HUERTA, Juan., 1886 – Carta pastoral que el ilustrísimo. Sr. Obispo de Arequipa D. D. Juan Ambrosio Huerta dirige á los fieles todos de su Diócesis, con motivo del XVIII aniversario del terremoto que aconteció el 13 de agosto de 1868. Arequipa: Imprenta de La Bolsa – calle de Guañamarca N. 49.

AMBROSIO HUERTA, Juan., 1887 – Carta pastoral que a los fieles todos de su Diócesis y en especial a los de esta ciudad dirige el Obispo de Arequipa Dr. D. Juan Ambrosio Huerta, con motivo del aniversario del terremoto de 13 de agosto de 1868. Arequipa: Imprenta de la Crónica Imparcial _ calle de Guañamarca N. 35.

AMBROSIO HUERTA, Juan., 1888 – Carta pastoral que el ilustrísimo. Sr. Obispo de Arequipa Dr. D. Juan Ambrosio Huerta dirige al venerable Dean y cabildo Eclesiástico, clero secular y regular, y fieles todos de su Diócesis, con motivo del aniversario del terremoto acaecido en 13 de agosto de 1868. Arequipa: Imprenta de la Crónica Imparcial.

AMBROSIO HUERTA, Juan., 1895 – Carta pastoral del ilustrísimo y reverendísimo Mons. Obispo de Arequipa con motivo del XXVII aniversario del terremoto del 13 de agosto de 1868. Lima: Imprenta y librería de San Pedro- Plaza de San Pedro 96.

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SILGADO FERRO, E., 1978 - Historia de los sismos más notables ocurridos en el Perú. (1532-1974), Lima: Instituto de Geología y Minería.





* La Presente ponencia no hubiera sido posible realizarse, si no fuera por la gran generosidad del Lic. Álvaro Espinoza de la Borda, quien me facilito el acceso a seis Cartas Pastorales del Obispo Juan Ambrosio Huerta con motivo del aniversario del terremoto de 1868. Desde aquí quiero expresarle mi más sincero agradecimiento hacia su persona.

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