viernes, 21 de mayo de 2010

La erupción del volcán Misti en el siglo XV

Gracias a las crónicas de Fray Martín de Murúa: Historia del origen y genealogía real de los reyes incas del Perú y la Historia general del Perú, escritas a finales del siglo XVI e inicios del siglo XVII respectivamente (Murúa 1946; 1987 [1616]), se conoce que el volcán Misti erupcionó violentamente durante el periodo de gobierno de Inca Yupanqui (1440–1470). La crónica refiere que: “hubo en el distrito de Arequipa un espantable terremoto, precedido de un volcán que estaba tres leguas della. Empezó a lanzar tantas llamaradas de fuego y tan espeso y continuo, que la noche parecía día claro en las riberas del mar, y en todos los pueblos de alrededor. Pasados los días, el volcán se comenzó a cubrir de una nuebe[sic, para nube] tenebrosa y oscura, y cesó la claridad del fuego y la noche siguiente vino otro terremoto mayor que el pasado, cuyo ruido y temblor alcanzaba, todo el reino, y por el espacio de la noche nunca cesó el volcán de despedir de sí infinito rayos de fuego, y por cinco días continuos se fue prosiguiendo y con el fuego grañidísima hediondez de piedra, azufre y mucha cantidad de piedras y ceniza y truenos temerosos, que afirman los indios haberse oído hasta Chile y, esparcida la ceniza por los aires, fue llevada más de ciento cincuenta leguas…”(Murúa 1986 [1616]: 535-536; 1946).
Ante tal acontecimiento, se hizo necesario tratar de restablecer el orden, es por ello que Hipahuaco o Ipabaco, coya del Inca Yupanqui, ante su ausencia, mando a hacer diferentes sacrificios en un templo denominado Tipsiguasi, que es como decir casa de Dios. Posteriormente, conocedor del suceso, Inca Yupanqui acudió a Arequipa “…con mucho tumulto de gente e indios hechiceros y adivinos y pontífices (…) se hizo muchos sacrificios al dicho volcán y pidiéndole aplacase su ira; para lo cual hizo llevar del Collao gran suma de carneros y corderos para el dicho sacrificio, ofreciéndolo todo al dicho volcán” (Murúa 1986 [1616]; 1946: 398).
Siendo, inaccesible llegar al volcán por la fuerza del fuego y la cantidad que había de ceniza, el Inca desde su propia litera, lanzaba a través de una honda, unas “...pelotitas de barro llenas de sangre del sacrificio, y los tiraba al propio volcán para que allí se quebrasen y se derramarse y espacierse [sic] la sangre...” (Murúa 1946: 398). El ofrecer sangre de camélidos, como ofrenda a un volcán, correspondía a la realización de un ritual, denominado: Capacocha; un caso análogo se presentó durante los gobiernos de Huayna Capac y Huascar, en la zona de Cantas. Para entonces la sangre de los camélidos era ofrecida a los cerros para pedir por la salud y prosperidad del Inca, se transportaba en pequeños mates u ollas, y cuando llegaban a lugares agrestes cercanos a una huaca, ponían el mate o la vasija en una honda, y como quien lanza una piedra, la arrojaban al adoratorio. En caso de que el encargado no acertara en su puntería, lo mataban en el mismo lugar. Igual suerte corría el mensajero si una parte de la ofrenda se volcaba al suelo, aunque fuese una gota. (Rostworowski 1988: 79).
¿Cómo podemos estar seguros de que el volcán Misti erupcionó en el siglo XV?; la crónica de Murúa, nos lo confirma. También se puede confirmar dicha erupción, mediante el estudio de las capas terrestres de Arequipa. En la zona de Chiguata (distrito más próximo al volcán), Yura, Vítor, incluso en la misma ciudad de Arequipa, se ha encontrado un estrato de ceniza de color negro por debajo de la ceniza blanca de la erupción del Huaynaputina ocurrida en 1600; dicha ceniza negra corresponde a la erupción del Misti (Chávez Chávez 1993)
A lo anteriormente expuesto, se suma, restos de sacrificios humanos encontrados en el cráter del volcán. El cronista José de Acosta escribe en algunas líneas sobre el volcán de Arequipa: “... que es de inmensa altura, y cuasi todo de arena, en cuya subida gastan dos días; pero no han hallado cosa notable de fuego, sino rastros de los sacrificios que allí hacían indios en tiempos de su gentilidad, y algún poco de huno alguna vez”. (Acosta 1954 [1590]: 85). Es destacable la afirmación que da cuenta sobre los rastros de los sacrificios en el cráter del volcán, ya que durante 1980 en la ascensión realizada por Antonio Beorchía Nigris y Johan Reinhard, se logró ubicar restos de arquitectura, algunas construcciones rectangulares, confirmándose la mención de Acosta.
Hacia 1998, Johan Reinhard realiza excavaciones sistemáticas en el cráter del volcán Misti; los resultados serían sorprendentes, ya que se encontraron 6 cuerpos esqueletáreos producto de una Capacocha de carácter apaciguatorio.
En palabras de María Constanza Ceruti, la montaña entraña peligros y esconde fuerzas que pueden ocasionar desgracias y calamidades. En especial los volcanes, que al entrar en erupción siembran devastación y muerte en sus alrededores. El temor reverente y los sacrificios expiatorios y apaciguatorios han sido la respuesta que el ritual ha ofrecido al tremendum de las montañas de los Andes (Ceruti 2003: 195).
Bernabé Cobo, escribe, que en tiempos prehispánicos, la ceremonia destinada a atenuar la ira de los dioses durante epidemias o catástrofes, recibía el nombre Itu o Ayma (Cobo en Ceruti 2003: 196). Se llevaba a cabo en caso de terremotos, inundaciones o grandes sequías y requería de un ritual purificatorio severo, con penitencia, ayuno, abstinencia sexual y confesión de culpas (Ceruti 2003: 196; 2001: 389-391: Shobinger 1987–1999: 181; 2001: 421). Además de aplacar la imprevista furia de los volcanes, y otras catástrofes naturales inesperadas, las ofrendas y sacrificios tenían por objeto prevenir esas posibles calamidades que pudieran desatarse como consecuencia de un desequilibrio, desorden, desgracia o “pecado” que según la Relación de la religión y ritos del Perú elaborado por los Agustinos en 1561, remite al concepto quechua de “hucha” (Agustinos en Ceruti 2003: 196).
El comportamiento ante la actividad volcánica (en el caso de la máxima manifestación de un volcán como es su erupción) era el de tratar de restablecer el orden mediante el sacrificio de animales y seres humanos, sin embargo, ¿por qué sacrificar animales y seres humanos a un volcán, cuya actividad obedece a algo natural de sus manifestaciones?, para tentar una respuesta se debe tener en cuenta la representación mental hacia los volcanes que tenía el hombre andino durante el periodo prehispánico; siendo las montañas y volcanes parte del paisaje, este en la cultura andina es considerado como vivo, pariente y amigo con el cual se conversa y aprende. Como diría Eduardo Grillo Fernández: el paisaje nos cría y nosotros los criamos. Existe una relación muy íntima, de cariño y de respeto entre el paisaje y quienes lo habitan (Grillo Fernández 1994: 11). Como parte del paisaje, las montañas y volcanes eran considerados como morada de los espíritus, controladoras del clima y dispensadoras del agua para la fertilidad de ganados y cosechas, lugares de peregrinaje religioso, lugares sagrados dotados de “poder”, capaces de investir de dicho poder a las personas elegidas para su servicio (Ceruti 2003: 179-195).
María Constanza Ceruti, sintetiza muy bien la representación mental hacia las montañas y volcanes, al manifestar que: “la ambivalencia es un factor esencial de todo fenómeno sagrado. La montaña andina, en su carácter de escenario y fuerza sagrada, ofrece dos facetas opuestas y al mismo tiempo complementarias. Un aspecto adorable, atrayente y fascinante y un rostro temible, amenazante y tremendo. El lado atrayente de la montaña se deja entrever en su vínculo con la fertilidad, la sacralidad del espacio y la ancestralidad: la montaña dispensadora de vida, lugar de origen y morada de los ancestros; espacio sagrado al que se peregrina. El lado temible de la montañas se evidencia en su impredictibilidad: la montaña que envía tormentas, castiga con granizo elige con el rayo o entra en erupción”. (Ceruti 2003: 200).
En el caso del volcán Misti, se tenía la representación de que era una huaca pacarisca o criadora de la naturaleza. El extirpador de idolatrías Cristóbal de Albornoz, escribe que estas huacas pacariscas comprendían a nevados y volcanes ubicados en la cordillera de los Andes, especialmente aquellos comprendidos desde el sur peruano hasta el centro chileno; en su enumeración de las huacas pacariscas escribe: “Ay otra sobre Arequipa que es el volcán de la ciudad que se llama Putina que puso el Inga muchos mítimas para su servicio como fueron los pueblos de la Chimba de Gómez Hernández y el pueblo de Chiguata y el de Chacacato y otros.”(Albornoz 1985 [1582]: 170; Julien 2002).
El volcán para el siglo XV, era considerado como un “ser vivo”, que tenía ciertos atributos ya descritos. A la actividad volcánica le correspondía un sacrifico apaciguatorio; aquí se distingue la representación mental hacia el volcán que María Constanza Ceruti sintetiza en una ambivalencia: una atrayente-fascinante, y otra temible; como consecuencia de la representación mental ante la actividad volcánica, le corresponde un comportamiento muy peculiar para tal acontecimiento: el sacrificio expiatorio, que comprendía la realización de diversos ritos religiosos en donde el sacrificio de seres humanos constituía la máxima ofrenda para aplacar la “ira del volcán” este ritual se denominó como Capacocha. Sobre la realización de una Copacocha, María Rostworowski escribe: “Nuestra mentalidad moderna se llena de horror con esta práctica, y nos parece un hecho bárbaro y monstruoso. Pero para poder juzgar la mentalidad de los hombres del pasado, no sólo de América, sino del mundo entero, tenemos que despojarnos de nuestro concepto actual del mundo y comprender los sentimientos que animaban a los seres humanos en épocas pretéritas. La ciencia de hoy día nos da una explicación clara de los fenómenos que nos rodea, mientras que antiguamente sólo encontraba el hombre las respuestas por medio de la magia y de la superstición. Para poder subsistir, tenía el ser humano a su disposición sólo unos cuantos medios pobres y primitivos, rodeado como estaba de un mundo hostil y desconocido. Tenemos que comprender y compenetrarnos con lo que podía sentir el hombre de edades pasadas, ante los fenómenos naturales” (Rostworowski 2001: 153); justamente el sentir de los hombres ante los fenómenos naturales (actividad volcánica) lo llevo a realizar sacrificios de carácter apaciguatorio, para poder restablecer el equilibrio con las deidades andinas representadas en el paisaje (volcán). Cabe destacar que los sacrificios a los volcanes no son exclusivos para el espacio Andino; en Mesoamérica durante el periodo prehispánico los volcanes Popocatépetl e Iztaccihuatl eran lugares en donde se sacrificaba a seres humanos, ¿los motivos?, los mismos que en el espacio Andino (Rueda Smithers 1992; Graulich 2003: 16-21; Manzanilla 1997: 20-23).

Ubicación de las tumbas en el cráter del Misti (ver parte superior)

Vista aérea del cráter del volcán Misti (5825 msnm).


BIBLIOGRAFÍA

ACOSTA, José de (1954) [1590], Historia Natural y Moral de los Indias, Estudio preliminar y edición del P. Francisco Mateos. BAE, Ediciones Atlas, Madrid.

ALBORNOZ, Cristóbal de (1989) [1582], “Instrucción para descubrir todas las huacas del Pirú y sus camayos y haciendas”; en: Fábulas y Mitos de los Incas; C. de Molina; C. de Albornoz; edición de Enrique Urbano y Pierre Duviols; pp. 161-198. Crónicas de América 48, Historia 16, Madrid.

CERUTI, María Constanza (2003), Llullaillaco. Sacrificios y ofrendas en un santuario Inca de Alta montaña. Ediciones Universidad Católica de Salta. Universidad Católica de Salta, Instituto de Investigaciones de Alta Montaña, Salta – Argentina.

__ (2001), “La sacralidad de las montañas en el mundo andino: ensayo de análisis simbólico”; en: El Santuario incaico del Cerro Aconcagua, Juan Shobinger (comp.); pp.379 - 394. EDIUNC, Mendoza.

CHÁVEZ CHÁVEZ, José Antonio (1993), La erupción del Volcán Misti. Impresiones ZENIT, Arequipa.

GRAULICH, Michel (2003), “El sacrificio humano en Mesoamérica”; en: Arqueología Mexicana, Volumen XI, número 63. pp.16-21. Editorial Raices, S.A. de C.V. México.

GRILLO FERNÁNDEZ, Eduardo (1994), “El paisaje en las culturas Andina y Occidental Moderna”; en: Crianza andina de la chacra, VV. AA. pp. 9-45. PRATEC, Lima-Perú.

JULIEN, Catherine (2002), “Las huacas pacariscas de Arequipa y el Volcán Misti”; en: Historia 5. Rev. De la Escuela Profesional de Historia, pp. 9-40. UNSA, Arequipa.

MANZANILLA, Linda (1997) “Indicadores arqueológicos de Desastres: Mesoamérica, los Andes y otros casos”; en: Historia y Desastres en América Latina, Vol.II. Virginia Garcia Acosta (Coordinadorra); pp.20-43. LA RED, CIESAS, IT-PERU. http://www.desenredando.org/.

MURÚA, Fray Martín de (1946), Historia del origen, genealogía real de los Reyes Incas del Perú. Introducción, notas, arreglos por constantino Bayle, S.J. Madrid.

__ (1987) [1616], Historia general del Perú. Crónicas de América 35, editado por Manuel Ballesteros. Historia 16, Madrid.

PERALDO HUERTAS, Giovanni y Mauricio MORA FERNÁNDEZ (1995), “Las erupciones volcánicas como condicionantes sociales: casos específicos de América Central”; en: Anuario de Estudios Centroamericanos, núm. 21 (1-2); pp. 83-110. Universidad de Costa Rica, Costa Rica.

ROSTWOROWSKI DE DIEZ CANSECO, Mario (1988), Conflicts Over coca fields in XVIth-Century Perú. Memoirs of the museum of Antropology, University of Michigan, N°21. Ann Arbor.

__ (2001), Pachacutec Inca Yupanqui. IEP.Lima.

RUEDA SMITHERS, Salvador (1992), “Popocatépetl e Iztaccihuatl. El eje del mundo prehispánico”; en: Los Volcanes, símbolo de México, Manuel Zavala y Alonso (editor). http://www.arts-history.ms/volcan/popoiz.html

SHOBINGER, Juan (1987-199), “Algunas opiniones sobre el por qué de los santuarios de altura. Sentido y función de los enterratorios incaicos de alta montaña: ensayo interpretativo”; en: Revista del Centro de Investigaciones Arqueológicas de Alta Montaña; tomo 6; pp.181-183. San Juan, República Argentina.

__ (2001), “Los santuarios de altura y el Aconcagua: aspectos generales e interpretativos”; en: El Santuario incaico del Cerro Aconcagua, Juan Shobinger (comp.); pp.415-435. EDIUNC, Mendoza.

8 comentarios:

beto dijo...

Felicitaciones
Interesante y documentado artículo.
Luis Alberto

miskitt dijo...

Me ha gustado leer tu artículo, yo me llamo Misti, mis padres eligieron mi nombre por la montaña. Vivo en México y espero pronto irla a subir. Por otro lado, quisiera preguntarte el significado de Misti (si es que lo sabes) ya que he buscado y consultado varias fuentes. Quiero estar segura del origen de la palabra. Saludos.

INSTITUCION EDUCATIVA MICAELA BASTIDAS. dijo...

EXELENTE.

Javier Escarza Bautista dijo...

Los arequipeños somos orgullosos de nuestra tierra, nuestra comida, nuestro equipo de futbol "Sportivo Huracan" y, de nuestro majestuoso volcán Misti. Visiten nuestra tierra es hermoza.
Gracias por el artículo, es bueno.

Anónimo dijo...

Por favor, al Institución Educativa Micaela Bastidas, si va a educar, cuide su ortografía, la palabra que escribió se escribe: 'excelente',

Al señor Escarza: Me imagino que los arequipeños 'están' orgullosos de su tierra y no 'son' orgullosos... ¿Puede comprender la diferencia?
Otra cosa, su tierra debe ser 'hermosa', con ese, por favor, no con zeta.

edith palacios dijo...

Interesante el articulo

Gloria dijo...

Qué bueno que citen a la joven Doctora Constanza Ceruti, única mujer arqueóloga de alta montaña, que participó de la expedición en la que se rescataron seis esqueletos de sacrificados humanos lo que fue un gran aporte a la ciencia. Una mujer que nos enorgullece por su dedicación a la ciencia y al montañismo.

Atila_60 dijo...

Excelente trabajo. Me gustaría saber que otros nombres tuvo el Misti antes de ser nombrado así. Por ahí encontré que le decian Putina o el Sinai peruano.