domingo, 7 de diciembre de 2008

EXPLICACIONES SOBRE LAS CAUSAS DE LOS TERREMOTOS DADAS EN LA AREQUIPA COLONIAL*.


Lic. Yony Wuilfredo Amanqui Tacar
Universidad Nacional de San Agustín
(Arequipa-Perú)

En nuestros días la ocurrencia de un terremoto en la parte sur del Perú, es explicada por la Teoría de la Tectónica de placas, que argumenta que los sismos (temblores y terremotos), se producen por la brusca liberación de energía acumulada en los bordes en donde chocan dos ó más placas; en el caso peruano por la subducción de la Placa De Nazca bajo la Placa Sudamericana. Esta explicación data de los estudios científicos llevados a cabo en el campo de la geología de finales del siglo XIX e inicios del XX, llegando a ser aceptada a mediados del siglo pasado. Durante el periodo colonial arequipeño las causas se concibieron de diferente manera.
A lo largo de la presente ponencia nos adentraremos dilucidar las diferentes concepciones que se tenían sobre las causas que originaban los terremotos en la ciudad de Arequipa durante el periodo colonial, discurrimos en los campos de la historia de la ciencia y de las mentalidades.
El trabajo está conformado por dos partes, que recogen las causas naturales y sobrenaturales de los terremotos, en ellas tomamos las opiniones de personajes que se preocuparon por encontrar las causas de los continuos sismos que afectaron Arequipa, como también las disposiciones de las autoridades civiles y eclesiásticas luego de los terremotos consignadas en las Actas de Cabildo de la ciudad.
Causas naturales de la ocurrencia de terremotos.
Durante el periodo colonial arequipeño las explicaciones de tipo naturalista fueron mínimas, un periodo dominado por los preceptos religiosos, las consideraciones de la ocurrencia de sismos casi siempre fueron atribuidas su origen, al accionar de Dios. Pese a ello, hubo explicaciones que dejaban de lado lo religioso y formulaban causas naturales; para el caso de Arequipa contamos con las apreciaciones del carmelita Antonio Vázquez de Espinoza, el cura de Cayma licenciado Juan Domingo Zámacola y Jáuregui, y Antonio Peryra y Ruiz.
Vázquez de Espinoza en su obra: Compendio y descripción de Indias occidentales, se dedica a describir, en algunos capítulos, la ciudad de Arequipa de inicios del siglo XVII; el carmelita tenía conocimiento de la ocurrencia del terremoto del 22 de enero de 1582, la erupción volcánica del Huaynaputina en 1600, y del temblor de 1618 que afectaron a Arequipa, lo cual lo motivo a escribir un capítulo sobre la sismicidad arequipeña, el cual tituló: Que sea la causa de los temblores, y de procedan (Vázquez de Espinoza, 1948 [1630]: 474-477).
Para Vázquez de Espinoza la ocurrencia de movimientos sísmicos se debía a:
“[L]a causa a lo que entiendo de auer temblores tan ordinarios en las indias, de que son causados, son mucha parte las exhalaciones calidas, que se engendran en la montañas y concauidades de la tierra, las cuales con el açufre que juntamente se cria en aquellas partes, son materia con que se enciende, y seba el fuego de los volcanes que causan alla deuajo maiores concauidades, y uacios, como las tales exalaciones no hallan salida facil, y aquel no es su centro, se hallan inquietas, y violentadas, y con aquella inquietud, y violencia para salir, y a veces por la parte mas flaca rompen, y assi por esta violencia, y inquietud quando ay temblor, se preuiene, y siente instantaneamente con vn rruido que suena deuajo de la tierra, resultado, y agitado de la exhalación, lo cual se conoce euidentemente con el exemplo de la poluora puesta deuajo de tierra en vna mina, poniendole fuego, rompe y lleua por adelante quanto halla, y vna vellota, o castaña puesta entera al fuego, encalentandose el aire que tiene dentro entre la medula, y la cascara, como se ve y siente agitado del fuego rompe con violencia la cascara, y da aquell estallido; assi la exhalación, que esta en las entrañas, y concauidad de la tierra para salir de ella la rompe con violencia, y va buscando la parte mas flaca, hasta hallarla, o respiradero donde salir.” (Vázquez de Espinoza, 1948 [1630]: 474).
La causa principal de los movimientos sísmicos lo constituyen las exhalaciones cálidas del interior de la tierra, esta concepción de tradición grecolatina (Aristóteles, Séneca, Plinio), no dista de la formulada por el jesuita José de Acosta, incluso podemos inferir, que Vázquez de Espinoza tuvo acceso a la obra: Historia natural y moral de las Indias, de Acosta, escrita a finales del siglo XVI. Para Acosta los temblores de tierra suceden por las exhalaciones cálidas del interior terrestre, las cuales al no tener una salida fácil hacia el exterior producen los terremotos (cfr. Acosta, 1954 [1590]: 86-87).
Durante el periodo colonial era usual en la producción literaria de tratados de historia natural, la reiteración de lo que se escribía, no se aportaba casi nada novedoso, las explicaciones clásicas grecolatinas se repetían de tratado en tratado, es por ello que el paradigma de las exhalaciones cálidas del interior de la tierra como causa de los terremotos pervivirá hasta el siglo XVIII (cfr. Croizat-Viallet 2000; Capel 1980).
Existía una manera para evitar el suceso de movimientos sísmicos, Vázquez de Espinoza al igual que José de Acosta, recomendaban cavar hoyos en la superficie terrestre, de esa manera las exhalaciones cálidas tendrían una salida fácil hacia la superficie:
“No ay en la indias pozos, como en España, con que con facilidad pudieran redimir su vexacion, o por lo menos haciendo pozos en todos los lugares de las indias, abria mas respiraderos, y serian menos los temblores…” (Vázquez de Espinoza, 1948 [1630]: 476).
A consecuencia de la falta de respiraderos, las tierras marítimas, según el carmelita, eran más propensas a sufrir sismos:
“Y aunque pueda ser tambien causa de los temblores que en las tierras maritimas las roturas, y concauidades de la tierra se tapan, y tupen con la humedad de las aguas, por donde pudieran salir las exalaciones calidas, que en las entrañas, y concauidad de la tierra se enjendran…” (Vázquez de Espinoza, 1948 [1630]: 475).
Ordinariamente ello sucede, a decir de Vázquez de Espinoza, en la península Ibérica. En el territorio del Nuevo Mundo, cuya superficie esta colmada por volcanes, los sismos podían ocurrir conjuntamente con la actividad volcánica. La ciudad de Arequipa es particular por presentar muy cerca de su emplazamiento urbano la presencia de tres volcanes (Chachani, Misti y Pichupichu), lo cual debió motivar al carmelita , teniendo también en cuenta el suceso en otros lugares de las Indias de erupciones volcánicas asociado a movimientos sísmicos, a esgrimir que los volcanes se conjugan con los terremotos:
“…vna de las causas de los temblores, quando aya otras, son los volcanes, que hay muchos en las indias, y assi en las tales partes, son mas ordinarios; porque en el Reyno del Piru los hay, junto a Quito, Tungurahua, Pechinche, y otros, el de Arequipa (…) Estas regiones y prouincias, donde ay estos volcanes son las mas acosadas, y lastimadas de temblores...” (Vázquez de Espinoza 1948 [1630]: 475).
Estas concepciones sobre las causas de los sismos de acuerdo al contexto de la península Ibérica y del nuevo mundo, pervivirán hasta el siglo XVIII (cfr. Capel, 1980; Croizat-Viallet, 2000), este paradigma cambia durante el siglo XVIII, principalmente a consecuencia del suceso del gran terremoto del 1 de noviembre de 1755 en Lisboa (cfr. Amador 2007), a partir de entonces se tejen nuevos paradigmas, uno de ellos lo constituye la electricidad como causa de los grandes sismos.
Luego del terremoto de 1755 que afecto severamente en conjunto a los actuales territorios de Portugal y España, se puso en marcha la discusión sobre las verdaderas causas del origen de los terremotos. El terremoto afecto una gran extensión territorial, llamando mucho la atención el suceso del fenómeno a un mismo tiempo. Para entonces el filósofo español Benito Jerónimo Feijoo, sugirió que las exhalaciones cálidas bastaban para explicar los sismos en una extensión territorial no muy grande, pero si los efectos se sentían en diversas partes al unísono, se deberían buscar su origen en los efectos de la electricidad:
“… [Q]ue el recurso al cúmulo de materia eléctrica, amontonada en una alta profundidad, solo es necesario para explicar la causa de los Terremotos, que en un tiempo se extienden a dilatados espacios, cual fue el que poco ha padecimos [se refiere al terremoto del 1 de noviembre de 1755] pues para los que comprenden un corto territorio bastan las exhalaciones, que de mucho menor profundidad se levanta a alguna, o algunas cavernas poco distantes, donde forman tempestades semejantes a las que vemos en la Atmósfera. Pero no obstante esta material discrepancia, la unidad de la causa, que es la virtud eléctrica, para uno, y para otro caso, constituye la unidad del sistema total sobre la causa de los terremotos.” (Feijoo, 1777 [1760]: 422-423).
Indudablemente es en el siglo XVIII, que se empiezan a sentir los efectos de la Ilustración, en donde la búsqueda de la verdad mediante la razón se impondrá en los diferentes campos de la ciencia, es en este contexto donde se encuadra el paradigma eléctrico, cuyos ecos llegan a explicar las causas de los sismos en Arequipa.
Es el cura de Cayma, licenciado don Juan Domingo Zamácola y Jáuregui, en sus Apuntes para la historia de Arequipa, que data de 1804, quien es partícipe del paradigma eléctrico, para explicar los terremotos:
“Las opiniones sobre las causas de dichos movimientos [sismos] son varias. Unos quieren persuadir que proceden de los hundimientos de las cavernas, de los vientos y fuego subterráneo inflamado, que chocando entre si tan poderosos elementos suspenden por donde pasan la masa superior de la tierra con movimientos vertiginosos; y otros afirman son efecto de un fuego eléctrico de la misma naturaleza que la del rayo, encerrado en las entrañas de la tierra, aunque en cantidad tan grande, como la que se puede considerar necesaria para mover tan violentamente y a un mismo tiempo distancias enormes de terreno. Esta en una conjetura la más verosímil, atendiendo a que no conocemos otro agente más poderoso y violento que el de la electricidad.” (Zamácola y Jáuregui, 1958: 33).
Desde nuestra propia perspectiva, las explicaciones sugeridas para la causa de los sismos por Zamácola y Jáuregui, están teñidas del espíritu ilustrado. En su formación académica en la Universidad de Salamanca después de la mitad del siglo XVIII, Zamácola debió conocer las diferentes causas que se proponían para dar cuenta del origen de los terremotos, como se desprende en la cita anterior; conoció las explicaciones grecolatinas, incluso se encuentran los ecos de la obra del jesuita Atanasius Kircher, quien en su obra Mundos subterraneus (1665), proponía que el interior terrestre estaba compuesto por los pirofilacios (materia del fuego), aerofilacios (materia del aire), e hidrofilacios (materia del agua), los cuales conjuntamente constituían el motor de la estructura de la tierra, a la vez podían producir los sismos (Capel, 1980); así también debió conocer las Cartas eruditas y curiosas (1760), especialmente el tomo quinto, de Feijoo (Feijoo, 1777 [1760]) , para afirmar que el principal elemento que asiste a la causa de los terremotos es la electricidad.
En el contexto de la Ilustración americana, Antonio Pereyra y Ruiz, escribe la Noticia de Arequipa, texto que no puede dejar de pasar la narración de los sucesos continuos de terremotos, como manifiesta el autor. Pereyra y Ruiz, refiere que los temblores suceden casi todos los meses, y cuando retardan, la población teme que sucedan más recios.
Respecto a las causas de los terremotos manifiesta:
“Algunos creen, y no sin fundamento, no sea esto efecto de los volcanes, como opinan muchos, sino del ímpetu de los mares, pues es claro que siendo la causa del temblor las exhalaciones y vientos que se introducen en las concavidades de la tierra, los que oprimidos por la humedad, hacen este estrépito para buscar la salida, es consiguiente sea mas fácil de engendrarse y de salir en las inmediaciones al mar, asi es que se sufren estos movimientos generalmente en esta costa del Sur, lo que no sucede en lo interior del Perú, sin embargo de tanto volcán como hay, pues todos, o la mayor parte de los cerros tienen la apariencia de ser Volcanes, y cuando han reventado algunos nunca han arrojado labas, si no azufre, y arenas, con mucho movimiento de tierra a gran distancia en contorno.” (Carrión Ordoñez, 1983: 369).
En Pereyra y Ruiz, se desprende otro tipo de explicación, en donde el aire constituye la causa principal, estas se introducen en el interior terrestre, las cuales al buscar una salida, producen los estremecimientos de la tierra, principalmente en lugares cercanos al mar en donde el mar impide la salida de los vientos, sin embrago en lugares de mayor altura a la del mar, según el autor, la actividad sísmica se asocia a los volcanes, tal acepción tiene cierta veracidad sobre todo cuando por efectos de la actividad volcánica, se producen sismos de origen volcánico (cfr. Nava 1998), como el ocurrido en 1600 al erupcionar el volcán Huaynaputina, sus efectos en la ciudad de Arequipa, se manifestaron en la caída de cenizas además de los reiterados temblores (cfr. Bouysse-Cassagne, 1988:131-215; Barriga, 1951; Petit-Breuilh, 2004a: 90-102), incluso los referidos a la actividad del Misti hacia 1460–1470, y los eventos fumarólicos del periodo colonial ( cfr. Thouret et. al., 2001).


Sistema ideal del interior de la tierra, con el fuego central y los pirofilacios, según el Mundus subterraneus del P. Kircher. Todo el sistema está relacionado mediante canales subterráneos a través de los cuales se alimentan los pirofilacios desde el fuego central, y con los que se engendran en la superficie los volcanes o montes ignívomos (Capel, 1980).




Sistema ideal del mundo subterráneo mostrando los hidrofilacios y la circulación interior de las aguas activada por el fuego central, el cual da origen también a la coalescencia de substancias minerales en las matrices interiores de la tierra. Lámina del Mundus subterraneus, ejemplar de la Biblioteca Universitaria de Barcelona (Capel, 1980).


Causas sobrenaturales de la ocurrencia de terremotos.
Las explicaciones sobrenaturales tuvieron mayor preponderancia en la Arequipa colonial, cuya sociedad profesaba fervorosamente la religión católica, al punto que “Arequipa se ufanaba de ser la Roma de América; pero como se excedió en sus nobles sentimientos religiosos, cayó sensiblemente en la intolerancia y el fanatismo” (Zegarra Meneses, 1973: 49). Ante tal contexto religioso todo accionar de la iglesia católica acaparaba la producción del conocimiento, se imponía el dogmatismo, “concebido éste como una verdad absoluta, se trataba de encontrar en él la suficiente explicación de todos los fenómenos de la naturaleza…” (Zegarra Meneses, 1973: 51).
Los movimientos sísmicos, desde la perspectiva sobrenatural, consideran que sus orígenes deben buscarse en el designio divinos de un ser sobrenatural, en el discurso de la teodicea, “…basado en interpretar las causas del dolor humano como designios de Dios, llamando a una reconvención espiritual y moral de los habitantes.” (De la Torre, 2004: 94).
Para Renée de la Torre, la asociación de la religión y los eventos catastróficos se originan de la siguiente manera:
“En las situaciones de catástrofe, sea natural o social, las religiones juegan un papel muy importante, primero, para dar explicación a lo impensable, a lo impredecible, a aquellas fuerzas que amenazan al hombre y que están fuera de su control. En segundo lugar las causas de las tragedias, sobre todo cuando son producidas por catástrofes naturales, al no encontrar una explicación social o humanamente plausible de sus causas y efectos, en muchas ocasiones son resimbolizadas por los discursos y rituales religiosos como actos envueltos en una aura misteriosa y sagrada.
Las religiones a lo largo de la historia de la humanidad han contribuido a significar y representar los riesgos y las catástrofes naturales como parte de manifestaciones del poder implacable de los dioses o de dios. En muchas ocasiones las catástrofes son leídas, valoradas y significadas como actos que son reveladores de la fuerza de lo sagrado.” (De la Torre, 2004: 100).
La imputación sobrenatural de los terremotos tiene su origen en las épocas del Antiguo Testamento en donde los sucesos sísmicos tienen a Dios como su causante, prologándose incluso en las épocas del Nuevo Testamento, esta concepción pervivió a lo largo de los siglos acrecentándose en la Edad Media en Europa, lo cual se traslado al espacio americano con la llegada de los españoles.
Para el caso arequipeño, no falta algún documento que nos narre el suceso de un terremoto en donde se manifieste que es Dios el principal causante de su ocurrencia. En una sociedad donde el conocimiento de los fenómenos naturales no era enfocado desde la razón, a la ocurrencia de un sismo, se la achacaba de ser producto de un ser superior, la mentalidad disponía que Dios enviaba, mediante el terremoto, un castigo divino (Amanqui, 2006).
Desde la primera documentación de un sismo en Arequipa (hacia el año de 1555), se la asociaba al accionar de Dios. Después del primer gran terremoto ocurrido el 22 de enero de 1582, sus causas se encontraron en el mal comportamiento de la sociedad, ello requería una severa llamada de atención, el instrumento para tal fin, fue el terremoto. El olvido de llevar una vida apropiada a los cánones religiosos, por una vida carnal, atrajo el terremoto, según el arcediano Echevarria y Morales (Barriga, 1951: 3-5).
De los comportamientos de la población, se puede desprender la causa sobrenatural del sismo; al anochecer del día del terremoto: “…el V[enerable]. P[adre]. Alonzo Ruiz hizo colocar en la plaza mayor una cruz y comenzó una misión que recordasen a los vivientes a penitencia para aplacar la ira de Dios.” (Barriga, 1951: 5).
El terremoto se convirtió en un instrumento moralizador gracias a la predica de los religiosos, quienes mediante el uso del discurso de la Ira de Dios (Petit-Breuilh, 2000), en sus sermones infundían miedo hacia Dios:
“En los sermones repetía todos los días [Alonzo Ruiz] que otro mayor castigo les había de suceder, si no aprovechaban y volvían en si con este primer aviso de Dios. Les aseguraba con tal fuerza y movimiento de su corazón que a muchos apartó del camino de los vicios, y no se les borro de la memoria la sentencia fulminada.” (Barriga, 1951: 5).
La ocurrencia del terremoto de 1582, constituye un hito en el emplazamiento urbano arequipeño, ya que mediante la realización de un cabildo abierto se pedía los pareceres de la población para trasladar o no la ciudad a un sitio mejor para su reedificación (cfr. Musset, 1996; 2005). En la sesión del 4 de abril de 1582, el Cabildo acordó no trasladar la ciudad, por no haber otro sitio más cómodo para su reedificación, para tal labor se remitieron informes a las autoridades virreynales solicitando una ayuda económica (Barriga, 1951: 20).
Hacia el año de 1600, exactamente entre los días 18 y 19 del mes de febrero, ocurrió la mayor erupción volcánica registrada en los Andes Centrales (Barriga, 1951: 55-179; Bouysse-Cassagne, 1988: 131-209; Petit-Breuilh, 2004a: 89-102; Málaga Núñez–Zeballos, 2003). El Huaynaputina (Putina el mozo), ubicado a 70 km. al sudeste de la ciudad de Arequipa, en la actual región de Moquegua, erupcionó violentamente. Sus estragos se dejaron sentir en la ciudad de Arequipa, las cenizas que emitió perjudicaron a los techos de las viviendas, cultivos agrícolas, animales de pastoreo, mientras los sismos de origen volcánico hicieron mella en la arquitectura (Petit-Breuilh, 2004b: 521-523).
Las explicaciones sobre la causa de la erupción, netamente discurrieron en el discurso de la teodicea, aunque en casos de erupción volcánica, se tejieron otras causas asociadas a la interpretación providencialista de los desastres; en la mentalidad colonial el diablo podía causar los eventos de erupción volcánica, ante ello se hacían necesarios la realización de rituales religiosos específicos como son los conjuros y exorcismos (Petit-Breuilh, 2002).
Hacia 1604, el 24 de noviembre, Arequipa fue remecida por un terremoto, además afectó a las actuales regiones de Moquegua, Tacna y la ciudad chilena de Arica, extendiéndose los daños hasta Ica. El movimiento se sintió en más de 1650 km. de norte a sur y en más o menos 130 km. de la costa al interior. El mar saliéndose destruyó el puerto de Arica donde murieron 23 personas y el puerto de Pisco (Silgado, 1978: 20-21).
En la ciudad de Arequipa, el terremoto terminó de destruir lo que quedaba en pie luego del anterior fenómeno ocurrido en 1600. Este terremoto fue concebido en la mentalidad de la población de la ciudad de Arequipa como un castigo divino, al respecto en un documento con fecha de 28 de noviembre de 1604, el cabildo manifestaba:
"…estando juntos en una ramada de paja que está en la plaza donde hizo este cabildo, por no haber en la ciudad casas de cabildo ni otro ninguno donde poderlo hacer, que todas están caídas con el terremoto que Dios fue servido de enviar a esta ciudad” (Barriga, 1951: 187).
En una provisión enviado a Arequipa por parte del virrey conde de Monterrey, con fecha 17 de julio de 1605, se manifestaba:
“... pues se ve que el señor a querido enviar este azote el terremoto, por nuestros pecados; pues es muy conforme a las leyes divinas” (Barriga, 1951: 217).
Como se podrá notar, en los documentos antes citados se concibe que el terremoto, para la época, no tuvo una causa natural, sino sobrenatural; Dios, envió el sismo. Casi un año después del terremoto de 1604, el cabildo reunido un 11 de noviembre de 1605, acordaba realizar una procesión llevando la imagen de la virgen del Rosario de santo Domingo a la Iglesia Mayor y el día 14 de noviembre se retorne a santo Domingo con la misma santa imagen, todo esto: "…para que se pida a nuestro Señor aplaque su ira con esta ciudad y nos haga merced de librarnos de temblores y terremotos" (Barriga, 1951: 219-220). El 14 de noviembre de 1605, el cabildo llamó al Lic. Pedro de Valencia, Vicario Eclesiástico de la ciudad para que se realice procesiones cada 23 y 24 de noviembre en memoria del terremoto ocurrido en 1604 (Barriga, 1951: 221-222).
El 20 de octubre de 1687, nuevamente Arequipa sufre un terremoto, para la época denominado como el “terremoto de santa Ursula”. Las causas según la concepción de sus habitantes, se asocia al castigo divino, es por ello que luego del acontecimiento sísmico las autoridades del Cabildo civil y eclesiástico concuerdan en la realización de procesiones por las calles arequipeñas, cuya concentración estaba programada en la plaza mayor, convertido en un “espacio teatral” en donde los sacerdotes haciendo uso del sermón instan a la población a confesarse y comulgar, de esa manera se evitaría desatar la ira de Dios (Amanqui, 2006: 79-80).
La concepción de la ira de Dios, como causa de los terremotos estuvieron muy arraigadas en la mentalidad de la población arequipeña, por ello las autoridades religiosas procuran motivar en los fieles un comportamiento acorde a las normas morales, el pecado atraía los desastres afirmaban, como lo hace saber el obispo de Arequipa Jacinto Aguado y Chacón en 1758, respecto a la proliferación de los pecados de la impureza y murmuración: “Esta, y la antecedente culpa es la causa de tantos temblores como experimenta N[uest]ra capital, y las Poblaciones todas de N[uest]ro Obispado”.[1]
La imputación a Dios como el causante de los desastres, no admitía ninguna contraposición, al respecto el obispo de Arequipa Manuel abad Yllana, por l año de 1773, hacia saber a sus fieles:
“Y de paso advertimos a n[uest]ros amados hijos en el Señor, que tengan mui presentes las calamidades que afligen a muchos lugares de esta Prov[inci]a en las que miradas con los ojos de la fe, se ben terribles amagos de la Yra de Dios.
Si hijos mios, si, semejantes estragos aunque sean al parecer efectos de alguna casualidad o contingencia no son realidad sino terribles demostraciones de un Dios justamente irritado”.[2]
La concepción sobre natural de los terremotos por la población arequipeña, los llevo a elegir santos en busca de protección antes los reiterados sismos, estas determinaciones se remontan hacia el año de 1555, el Cabildo acordó tomar por patrona tutelar de la ciudad contra los temblores de tierra a santa Marta, a cuya imagen se le dedicaron fiestas, celebración de misas, incluso la lidia de 6 toros (Galdos, 1996: 323).
También la erupción del volcán Huayanaputina en 1600, obligo a determinar la advocación de un santo protector contra futuras erupciones. El 22 de septiembre de 1601, en sesión del cabildo, acuerdan tomar por patrón a San Juanario o Genaro, dicha imagen cumplía el mismo papel ante las erupciones del Vesubio en Nápoles (Barriga 1951: 145.147).
Los acontecimientos sísmicos y volcánicos, ocurridos durante los siglos XVI y XVII en el espacio arequipeño, calo muy hondo en sus habitantes, al punto que se determina tomar la advocación de santo protectores contra los males que más afectaban a la ciudad. Mediante un auto del obispo Antonio de León, el 7 de julio de 1693, se patrocino para la protección de la ciudad contra los terremotos a santa Marta, además de ser la patrona principal de la ciudad a consecuencia de ser afectada más por sismos, contra la epidemias a san Sebastián y contra las erupciones volcánicas a san Juanario (Amanqui, 2006: 83-90).
Para 1784, Arequipa fue sacudida por un violento terremoto, estimado en 11 grados de la escala de Mercalli. El 13 de mayo a las 7 y media de la mañana, la población salió despavorida a las calles para poder resguardarse de la caída de las casas. Por el terremoto murieron 54 personas, se cayó el arco del puente y se deterioró el empedrado de las calles; quedaron arruinadas las poblaciones situados a un radio de 100 Km.; al terremoto le antecedieron dos movimientos sísmicos de regular intensidad, uno como a las 2 de la mañana y otro a las 5 a.m. (Silgado, 1978: 32).
Uno de las descripciones más detalladas sobre el comportamiento de la población y los daños que produjo el terremoto, fue realizado por el cura de Cayma Juan Domingo Zamácola y Jáuregui; La Relación del terremoto del 13 de mayo de 1784, es uno de los más minuciosos al respecto (Zamácola, 1958: 57-95).
Además de los apuntes de Zamácola, también existe documentación originada por el Cabildo Arequipeño. En una carta enviada desde Arequipa a Lima, dirigida al Virrey Teodoro de Croix, el 14 de mayo de 1784, se manifiesta que fue:
“…un fuerte movimiento de tierra que duró más de cuatro minutos, derribó los edificios de que se componían su extensa población unos de calicanto y piedra y bóveda y otros de teja”; además se hace mención que: “faltan expresiones para poder dar a vuestra excelencia una viva idea del estado funesto en que queda esta ciudad y de la incomparable consternación con que se hallan los comprimidos ánimos de los vecinos y moradores de esta ya destruida ciudad.” (Barriga, 1951: 295-296).
El corregidor de Arequipa Baltazar de Senmanat, pidió al obispado la realización de rogativas ante la continuidad de los sismos: “Y así mismo pasó otros oficios al dicho Sr. Gobernador del obispado y prelados de los conventos suplicándoles se sirviesen hacer rogativas” (Bernales, 1972: 304), estas rogativas consistía en realizar oraciones públicas dirigidos a Dios eran para conseguir un remedio, a ella acompañaban procesiones penitenciales para aplacar la cólera divina.
Como era de esperarse la población atribuyó el terremoto a la ira de Dios; Zamácola en su relación manifiesta que “…desde las nueve del día se pusieron en la plaza tres altares donde se celebraban muchas misas y se actuaron pláticas y cuantas devociones se pudieron imaginar”, la población en mayoría: “confesaba sus pecados con lágrimas que se derramaban copiosamente sobre los pies de los confesores” (Zamácola, 1958: 70-71).
Los movimientos sísmicos no cesaron durante todo el transcurso del año de 1784, el suelo Arequipeño continuó temblando; a cada movimiento sísmico ocurrido le correspondía una respectiva plegaria al Señor. Uno de los últimos movimientos sísmicos de 1784 ocurrió un 2 de diciembre; antes un 2 de julio del mismo año se sacaron en procesión a nuestra señora de la Concepción de Lari con san Genaro, que es patrón contra las erupciones volcánicas; también a nuestra señora de la Asunta, patrona de la Catedral, a san Pedro, san José y a san Felipe de Neri de la iglesia de los expatriados jesuitas (Zamácola, 1958: 90; 95).
Transcurridos casi tres siglos del asentamiento español en el valle del Chili, el terremoto de 1784 fue concebido mayoritariamente desde la perspectiva sobrenatural -a pesar de vivir en plena época en donde las ideas ilustradas están en circulación- como se refleja en la puesta en escena de diferentes ritos religiosos realizados luego del sismo , narrados minuciosamente por Zamácola y Jáuregui. A fines del siglo XVIII, son pocas las personas quienes consideraron causas naturales del origen de los terremotos, entre ellos Zamácola, el segundo intendente de Arequipa Antonio Álvarez y Jiménez, Antonio Pereyra y Ruiz, quienes en sus escritos nos legaron sus concepciones. Si avanzamos un poca más en el tiempo, encontramos un suceso sísmico narrado por Flora Tristán, de cual podemos desprender que durante los inicios de la vida republicana, el origen de los sismos en la ciudad de Arequipa se explicaba en relación a la presencia de los volcanes que circundan la ciudad: La viajera francesas, el 18 de septiembre de 1833 es despertada por un fuerte sismo, cuyo epicentro a parecer fue en Tacna; luego de haber pasado el vaivén de la tierra, preguntó a su prima Carmen, si eran frecuentes los sismos en el país, a lo que respondió: “Hay a veces tres o cuatro en el mismo día. Es raro que pase una semana sin que se sienta uno más o menos fuerte. Debemos esto la vecindad del volcán” (Tristán, 2005: 168-169). Incluso el viajero francés Sartiges, nos hace saber las consideraciones sobre los sismos asociados a la actividad volcánica que tenia la población arequipeña:
“Un tema de conversación que reaparece sin cesar es el del volcán que domina la ciudad. Si no hace erupción, por desgracia no ha dejado de estar en actividad, como el orificio del cráter no ofrece salida al esfuerzo subterráneo de la lava, cuando llega el día de la explosión, la tierra tiembla y se agrieta irregularmente. Las casas que se encuentran sobre las líneas fatales son absorvidas o derribadas. En la época de mi estada en Arequipa [en 1834], el recuerdo de un reciente desastres causado por el terrible volcán entristecía aun a la población.” (Nuñez, 1973: 161).

1053 [1061]
LA CIVDAD DE ARIQVIPA: Rebentó el bolcán y cubrió de zeníza y arena la ciudad y su juridición, comarca; treynta días no se bido el sol ni luna, estrellas. Con la ayuda de Dios y de la uirgen Santa María sesó, aplacó1.
/ Rebentó bolcán. / ciudad /
CIVDAD(Guaman Poma, 1615; http://www.kb.dk/permalink/2006/poma/1061/en/image/?open=id2648285)
Nótese en el dibujo de Gumán Poma, la procesión religiosa en el medio de la plaza, ante los estragos del la erupción volcánica.


Representación gráfica de finales del siglo XVIII, sobre los estragos causados en Cayma por los movimientos sísmicos de origen volcánico y erupción del volcán Huaynaputina en el año de 1600.

Conclusiones.
Siendo el territorio arequipeño, un espacio en donde la ocurrencia de movimientos sísmicos es una constante, desde que el hombre la habito debió tratar de encontrar alguna explicación sobre las causas que la originaban, de lo cual hoy en día no existen versiones sobre tales concepciones, salvó aquellas originadas a consecuencia de la erupción volcánica del Misti hacia 1460 -1470.
Las explicaciones sobre las causas de los terremotos a los largo del periodo colonial arequipeño, se enmarcaron entre las naturales y sobrenaturales, Las primeras consideraron como causa las exhalaciones cálidas del interior terrestre, el aire que penetraba en la tierra, la combustión de materias sulfúreas, la electricidad acumulada, la asociación con los volcanes podían originar los movimientos sísmicos, tales concepciones eran el eco de las que se formaron en el Viejo Mundo desde la Edad Antigua, destacando los aportes de Aristóteles, Séneca y Plinio el viejo, cuyas obras sirvieron para explicar los acontecimientos sísmicos en el Nuevo Mundo hasta el siglo XVIII.
Las sobrenaturales, explicación de mayor aceptación en nuestro periodo de estudio, apelaron al discurso de la teodicea para dar cuenta de la causa de los temblores de la tierra, en su concepción Dios provocaba los terremotos. Los sismos en la mentalidad del arequipeño del periodo colonial, constituían instrumentos moralizadores, su acontecimiento estaba provocado por el desorden moral, el quebrantamiento de conductas, en contraposición de los cánones imperantes, que en su mayoría se asociaban a disposiciones religiosas. La manera de poder evitar los sismos, pasaba por la realización de ritos religiosos, buscando aplacar la ira de Dios.
En nuestro días, la explicación de los terremotos mediante la tectónica de placas es la correcta sobre las causas de tales fenómenos naturales, sin embargo aún perviven las explicaciones sobrenaturales del periodo colonial, lo cual coadyuva al surgimiento de una vulnerabilidad ideológica (cfr. Wilchex-Chaux, 1993: 9.50), impidiendo una respuesta psicológica adecuada ante situaciones de terremotos.
Siendo Arequipa una ciudad netamente católica, se hace necesario considerar el origen de los terremotos desde la perspectiva de la sociodicea, discurso que para Pierre Bourdieu, suple la imagen castigadora, arbitraria e imprevisible de Dios en el discurso de la teodicea , por la imagen de un Dios bueno, garante y protector de la naturaleza y la sociedad (De la Torre, 2004: 102), ello contribuirá a no acumular vulnerabilidad en nuestras mentes y así estar mejor preparados ante un terremoto, de igual manera es necesario informar a la población que los desastres no lo originan los fenómenos naturales, es urgente desterrar de una ves la frase: desastres naturales, los desastres lo origina la misma sociedad, debemos tener en cuenta, parafraseando el título de un libro, que Los desastres no son naturales (Maskrey, 1993).

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* Ponencia presentada al 8vo. Congreso nacional y 1ro, Internacional de Geografía “Carlos Nicholson – Geografía, globalización y desarrollo sostenible” (Arequipa, del 29 de noviembre al 01 de diciembre del 2007) Organizado por la Sociedad Geográfica del Perú, Pontificia Universidad Católica del Perú, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y Universidad Nacional de San Agustín, y publicada en: Illapa, Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, año 1, número 3. Lima. 2008.

[1] Pastoral de D. Jacinto Aguado y Chacón, obispo de Arequipa, recriminando a sus fieles por cometer los pecados de impureza y murmuración. Archivo Histórico Nacional de Madrid, Diversos – Colecciones, 42, N. 10. Documento digitalizado disponible en el Portal de Archivos Españoles en Red.

[2] Archivo Arzobispal de Arequipa. Sección: Catedral y cabildo Eclesiástico, serie: Libros Cedularios autos 1703 – 1788: Nº V. f. 288 v.

2 comentarios:

Jorge Bedregal La Vera dijo...

Yoni:

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Jorge

Anónimo dijo...

por q les ponen nombre a los terremotos y no dicen sus causa o motivo?????